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El Bosque Rojo

 
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Malfuin
Espectro de Dorwinion


Registrado: 17 Jun 2007
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MensajePublicado: Mie Jun 20, 2007 11:03 am    Asunto: El Bosque Rojo Responder citando

Bueno, pues pues siguiendo un sabio consejo ^^, aquí lo dejo por si alguien quiere leerlo. Hasta ahora las criticas recibidas han sido buenas, así que supongo que no debe estar del todo mal Very Happy

Iré subiendolas cada dos días, creo que es lo adecuado... Gracias a quien se tome la molestia de leer ^^

El leñador llegó al refugio abandonado al atardecer. Había caminado todo el día, para llegar hasta aquel lugar que, según decían, nadie visitaba jamás. Aquel rumor era falso, pues evidentemente el lo estaba visitando. Pero aún así su acusada soledad le atraía.
La casa polvorienta, situada al pie del bosque, estaba hecha con madera de roble. Esto le pareció muy extraño al hombre, pues si bien era un material resistente y duradero, cerca de la casa no había ningún roble. Todos los árboles del bosque eran de aquel extraño color rojo oscuro.
Habría sido mucho mas sencillo construir la casa con árboles de madera roja.
Pero tal vez el constructor había estado atado, al igual que otras tantas personas, a la superstición de que el bosque estaba maldito, y por eso mismo no había querido dañarlo. La gente podía llegar a ser muy ingenua.
El leñador cogió un paquete del carro en el que había venido, y después dejo a los caballos sueltos para que pastaran a su antojo. Los caballos siempre volvían a él, pues estaban muy bien cuidados. En otro tiempo alguien le había dicho que era mas afectuoso con los animales que con las persona. Bueno, si llevaba razón, esté era un buen lugar para vivir.
Tras un rato el hombre había logrado hacer del ruinoso refugio un lugar bastante confortable para vivir. Esa noche descasaría. El hombre lo tenía todo planeado: vendería la madera que cortase en la ciudad cercana, usando su carro para transportarla. Aquello le permitiría subsistir. Por lo demás, nada le importaba el mundo, ya había visto demasiado horror; ya había perdido demasiado. Por eso había llegado hasta allí. En las posadas, todos le habían dicho que ese era el lugar más solitario que existía. Rwinilin, el Bosque Rojo…
A la mañana siguiente el leñador escribió su nombre en la puerta valiéndose del hacha. Aquello era un acto del todo irracional, pues sabía que no tendría ninguna visita, pero le ayudaría a conservar, de algún modo, su identidad: Kuradrus, escribió. Luego se cargó el hacha sobre el hombro y partió hacía el bosque.
Se paró junto al primer árbol que le pareció adecuado talar, y lo examinó con detenimiento. A pesar de su extraño color, era un árbol totalmente normal, si bien le pareció que su corteza era demasiado blando. Eso le repugnaba, si bien no podía decir por qué.
– Bueno, el árbol no se talará solo – se dijo Kuradrus– . Así que, ¡vamos allá!
Balanceó el hacha y la descargó sobre el árbol. Un ruido desagradable se oyó, y del árbol brotó un chorro de sangre, que lo empapó. Sabía que era sangre, le había salpicado calidamente en demasiadas ocasiones. Además, reconoció su sabor.
Pero entonces algo más sorprendente aún ocurrió. La sangre hirvió sobre él y le quemó. Se miró las manos y comprobó que se estaban deshaciendo bajo el contacto de aquella sustancia. Los brazos desaparecieron y también sus hombros, todo su cuerpo. Gritó, al menos el tiempo que conservó los pulmones. Tuvo la sensación de caer desde una gran altura, aunque solo estaba sobre la tierra. Y observó impotente su propia descomposición hasta que sus ojos desaparecieron.
Y ni un segundo después se encontró tendido en medio de una ciudad, completamente intacto y sin la sangre sobre él. Se preguntó si había ido a parar al infierno. A su alrededor todo estaba cubierto de cadáveres calcinados y acribillados a flechas. Las casas ardían, y un montón de monstruos parecidos a trasgos reían y mataban niños.
Se incorporó y recogió su hacha (que al parecer había llegado allí con él). Cargó contra él trasgo más cercano (estaba acostumbrado a matarlos y además eran débiles y cobardes), pero cuando lanzó un golpe de hacha se dio cuenta de que había un error en algún lado. Los trasgos son pequeños, pero ese era más alto que él.
El hacha golpeó inútilmente la pesada armadura del monstruo y rebotó. El ser se dio la vuelta y descargó un mazazo sobre él. Pero no le golpeó. En ese momento una barrera invisible se interpuso entre el incrédulo monstruo y Kuradrus.
– Así no caerán los orcos, mi valiente – dijo una voz femenina y etérea– . Esto era de mi hermano, úsalo.
Tras él había aparecido una hermosa mujer vestida de verde esmeralda y con el pelo blanco. En sus brazos llevaba aros del color de su vestido que centelleaban inquietantemente. Extendió los brazos como si llevase una bandeja, y en ellas apareció una enorme hacha de guerra cubierta de signos azules.
– Usa el arma de mi hermano y acaba con nuestros enemigos, guerrero mio – repitió la dama. Kuradrus no dudó, soltó su mellada arma y cogió la que se le ofrecía. Se volvió al orco justo cuando la barrera invisible desaparecía. Le atacó con el hacha, con todas sus fuerzas, y lo cortó por la mitad. Pero no fue todo, porque una corriente eléctrica saltó del hacha al orco, y de este a su compañero, y así uno tras otro, hasta que cayeron muertos o paralizados todos los de ese lado de la calle.
– ¡No impongas tanta energía en tus ataques, guerrero, o acabaras agotado! – rió la dama. Hizo un lánguido movimiento con su mano y una docena de orcos salieron volando con suavidad muy alto. No se preocupó más de ellos, pues no sobrevivirían a la caída.
Entretanto, Kuradrus ya había acabado de matar a los orcos de su lado y controlaba mejor el poder de aquel hacha.
Entonces un edificio se derrumbó, y apareció un enorme monstruo que escupía fuego por la boca: un dragon.
– Esto es más de lo que podemos asumir – dijo la dama, y se acercó a Kuradrus. Le rodeó con el brazo y gritó:
– Zurückkehren!!!
Una ráfaga de viento abrasador les envolvió, y en unos segundos habían desaparecido. Estaban de nuevo en el Bosque, junto al árbol ensangrentado. La dama miró a su alrededor con curiosidad.
– Es extraño, no reconozco esta zona… ¿Dónde estamos?
– Estamos en Rwinilin – dijo el hombre apartándose con brusquedad de la bruja.
– ¡¿Qué!? – la mujer palideció– . ¡Estúpido! ¿Por qué no me lo habías dicho?
– ¿Qué te pasa?
– ¡¿Qué me pasa!? – preguntó la mujer, tirandose del cabello con desesperacion– . Pensé que mi conjuro nos llevaría a las afueras, pero… Pero… ¡Rwinilin! ¡Rwinilin! Estúpido, Rwinilin está en otro mundo, y yo no puedo volver. Tu, patético estúpido, me has condenado a un exilio permanente.
La mujer lanzó con un gesto de la mano a Kuradrus contra el árbol y se fue corriendo, entre histéricos alaridos.

CONTINUARÁ

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MensajePublicado: Vie Jun 29, 2007 4:37 am    Asunto: Responder citando

SI!!!! Me habian hablado mucho de tu historia Malfuin... JAJAJ se que la tienes por ahi escrita y estába deseando leerla, me alegro de que la hallas puesto aquí, es un honor para mí ser la primera en leerla y postear.. ENHORABUENA... Es buenísima..

Porfa sigué subiendola..
Desde el momento en que leí el capitulo la palabra Rwinilin resopnará enm mi cabeza hasta que vuelvas a poner maás para que pueda leer Jiji.
Buen trabajo tio.

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Lord Balin
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MensajePublicado: Vie Jun 29, 2007 12:08 pm    Asunto: Responder citando

Esto de no tener ordena es una putada....no sabía que lo habías puesto aquí...me alegra que me hicieras caso ^^. Sube más!


P.D: chincharos que yo ya me lo he leído entero XDDDDDD

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Malfuin
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MensajePublicado: Vie Jun 29, 2007 4:55 pm    Asunto: Responder citando

Oh, la verdad es que no la había ido subiendo porque pensaba que nadie la leía... Ok, aquí va el segundo Fragmento ^^ Perdon por la demora...



Kuradrus se levantó trabajosamente. Aquella mujer le había lanzado con fuerza. De todos modos, si era verdad lo que ella decía, lo cierto es que tenía razones para estar enfadada. El leñador suspiró, se cargó el hacha al hombro y fue tras ella.
No fue difícil encontrarla. A lo largo del bosque había una serie de cosas que ardían, y no tuvo más que seguir el rastro de fuego. Cuando la alcanzó, descubrió qué eran aquellas cosas envueltas en llamas. Eran cuervos. El bosque estaba lleno de ellos, y la bruja los estaba quemando con magia.
– Brennt! – le chilló a uno de los negros pájaros, y el animal se convirtió en una antorcha voladora.
– Oye…
– Brennt! – repitió la mujer, ignorándole.
– Disculpa, pero…
– Brennt! – un cuervo que pasaba en dirección contraria cayó ardiendo sobre Kuradrus, que usó su nueva hacha como una raqueta y se lo devolvió a la bruja. Esta levantó la mano y lo paró en el aire con indiferencia– . ¿También quieres arder, guerrero? Por cierto, esa hacha era de mi hermano. Dámela.
– Como quieras… – replicó el hombre– . Oye… ¿Por qué estas matando cuervos?
– Los cuervos picotean los árboles para beber la sangre que hay en ellos. Es lógico que vengan aquí.
– Si, supongo que lo es, pero…
– Los quemó porque me apetece quemar cosas.
– Entiendo – dijo el hombre– . ¿Puedo ayudarte de algún modo a volver a tu… Mundo?
– Si, tienes que ayudarme, eso está claro – dijo la bruja.
– ¿Qué hago? – preguntó Kuradrus.
– Antes de nada tendré que explicártelo todo, porque apuesto a que no tienes idea de lo que ha pasado. Veamos, me llamó Ethî’Narban Kumeroru. Puedes llamarme Ethî, porque no te aprenderías el nombre completo. Vamos a tu casa.
Dicho esto se desvaneció. El hombre miró a su alrededor, pero no la encontró. Aquello no tenía ningún sentido.
Cuando llegó a la cabaña, se encontró que la mujer estaba instalada allí, tomando el té tranquilamente. Levantó la mirada y dijo.
– Empecemos, querido discípulo.
“Existen varios mundos, tantos como hojas hay en Rwinilin (de hecho más, porque acabo de quemar unas cuantas hojas…). Pero el universo que queda constituido por la suma de toda la existencia es como un ser con vida propia que tiene necesidades, sentimientos y pensamientos…” ¿entiendes hasta aquí?
– Creo que sí – dijo el hombre– . Aunque me parece que eres una hereje…
– ¿Cómo crees que te llamaran a ti cuando digas que has traído una mujer de otro mundo a tu cabaña?
– Llevas razón.
– Lo sé. “Esta entidad que nos contiene no se preocupa demasiado de nosotros, pues… ¿acaso tu te preocupas de cada una de tus células, de tus cabellos? Incluso es aceptable perder un dedo. Con esto quiero decirte que no tiene sentido alabarla. En cualquier caso, algunos dioses existen, pero en comparación con el ser-universo están al nivel que nosotros.”
“Ahora bien, existen tres lugares especiales en el ser-universo. Uno es la Colina de los Espíritus, que es donde va a parar un poco de las almas de todos aquellos que mueren violentamente o se suicidan, sin que importe su religión, raza, edad o mundo en que vivan. El Segundo lugar es la Laguna de las Lagrimas, donde se vierte algo de todas las lagrimas derramadas por aquellos que han sido arrebatados violentamente. Y el tercer lugar es el Bosque de la Sangre, y allí va a parar un poco de la sangre que se derrama en cada una de las batallas que se libran.”
– El Bosque de la Sangre… El Bosque Rojo… ¡Rwinilin!
– Lo vas cogiendo – dijo la mujer– . Escucha: si una persona queda empapada de la sangre de esos árboles, acaba en una de las batallas que se están librando, se libraron o se librarán durante la historia del todos los universos. Pero no se puede elegir, acabas en una batalla al azar. Tu acabaste en la batalla que se estaba librando en mi ciudad. Yo solo nos trasladé al lugar donde habías estado por la mañana… No imaginé que saldría de mi mundo…
– Si, pero… ¿ahora como vuelves?
– La probabilidad de que Rwinilin te envíe dos veces seguidas al mismo mundo es casi inexistente. Tenemos que lanzarnos a algún mundo y buscar la Laguna de las Lagrimas. Si alguien ha llorado por mí desaparición o lo hace algún día, podré volver hasta él, usándola.
– Pero… ¡entonces podemos pasar años buscando esa laguna!
– ¿Tenías algún otro plan? – preguntó Ethî con desdén.
– La verdad es que no…
– Entonces, vayámonos – dijo la mujer– . Ya me he acabado el té.
Salieron de la casa y Kuradrus se paró frente al árbol que había herido antes. Una larga cicatriz lo recorría. Levantó el hacha.
– ¿Es que no tienes piedad? – preguntó Ethî sorprendida– . Ya le has hecho bastante daño, a ese árbol, y él no tiene la culpa de haber crecido aquí. Golpea otro árbol.
– ¿Y que me dices de todos los cuervos que has abrasado? – replicó Kuradrus, Ellos no tenían la culpa de que tu estuvieses enfadada.
– No es lo mismo.
– No entiendo por qué.
– Eso es porque eres un hombre – sentenció ella.
– Pues yo creo que otra mujer tampoco lo entendería.
– ¡Cállate y tala!
Kuradrus obedeció. Golpeó otro árbol y un manantial de sangre les cubrió. Sintiendo las quemaduras de la sangre, ambos se desvanecieron.
Aparecieron en un foso lleno de ceniza. Era demasiado alto como para tratar de salir escalando. Se oían gritos de batalla, desmoronamientos y rugidos.
– Me pregunto donde hemos ido a parar – comentó Ethî, y movió una mano con languidez. Después maldijo– . ¡Oh, por todos los…!
– ¿Qué sucede? – preguntó Kuradrus preocupado.
– No puedo usar mi magia – confesó la mujer molesta.
– ¿No hay magia en este mundo?
– ¡Si que la hay! – replicó Ethî– . Más que en mi mundo o en el tuyo, pero está demasiado entrelazada. No puedo tomarla y usarla sin más. Para hacerlo necesitaría estudiar durante siglos, al menos.
– Pues entonces yo me tendré que ocupar de eso – dijo Kuradrus y alzó su hacha.
Por un extremo de la fosa habían llegado un numeroso grupo de orcos y un troll. Al verlos, se lanzaron sobre ellos. Pero antes de que el leñador pudiese enfrentarse a ellos se oyó un tintineo y un grupo de elfos apareció en el otro lado. El que iba a la cabeza llevaba una armadura azul y una espada de brillo frío. Adelantó como el viento a la pareja, cargo contra los orcos, matándolos tan rápido que la vista no podía seguirlo, dio un salto, decapitó al troll mientras daba una voltereta sobre su hombro y siguió corriendo. Sus elfos le siguieron y acabaron con los orcos que habían sobrevivido sin dejar de correr.
– ¡Ya sé donde y cuando estamos! – exclamó Ethî.
– ¿Cómo es posible? – preguntó Kuradrus– . ¿Es este tu mundo?
– No, pero a veces lo que son historias en un mundo han sucedido de verdad en otro. De hecho, un buen escritor es siempre un cronista de relatos de otro tiempo y mundo. Pero el mundo en el que nos encontramos es tan importante, que estoy seguro de que ha tenido que llegar en excelentes palabras a todos los mundos. Claro, hemos llegado a la Dagor Bragollach, la Batalla de la Llama Súbita. Estamos en la Tierra Media.
***
– De acuerdo – dijo Kuradrus, a quien las palabras “Tierra Media” no decían nada– . ¿Qué hacemos?
– Veamos, ese que ha pasado tan rápido era Fingolfin, Rey Supremo de los Noldor. Por la prisa que llevaba imagino que ahora corre para auxiliar a los hijos de Finarfin – Ethî se quedó pensativa– . Nunca imagine que Fingolfin sería tan guapo, es una pena…
– ¡¿Pero que dices?! – exclamó Kuradrus– . Venga, supongo que tenemos que seguirlos. ¿vamos?
– No, no debemos seguirlos – replicó la bruja– . La verdad es que no lograran ayudar a los hijos de Finarfin, sino que serán rechazados por el ejercito de Morgoth. Y luego, Morgoth acabará con Fingolfin, aunque aún falta mucho rato para eso. Por eso me pareció una pena que fuese tan guapo… Aunque ahora que lo pienso no se habría fijado en una humana como yo.
Kuradrus evocó la increíble destreza del elfo de armadura azul y se le antojó imposible que alguien lograse acabar con él. Pero aquello daba igual, él tenía que acompañar a Ethî.
– Corramos hacía allá – dijo la mujer señalando al sur– . El dragón Glaurung en más fuerte que los de mi mundo y me hará cosas terribles si logra encontrarme.
Fueron hacía el sur, huyendo de la batalla. Kuradrus tuvo que matar a muchos orcos e incluso los elfos les miraban con recelo cuando les encontraban. Pero, al caer la noche, habían quedado más o menos a salvo. Según Ethî habían llegado a Eithel Sirion.

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Malfuin
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MensajePublicado: Dom Jul 01, 2007 11:52 pm    Asunto: Responder citando



Mientras Kuradrus y Ethî descendían por las laderas orientales de las montañas Ered Wethrin, un silencio sobrecogedor se había apoderado de Beleriand. Todo permanecía en calma, hasta tal punto que ni la propia bruja se atrevía a hablar. Se encontraron con algunas tropas de elfos, pero permanecían con los ojos cerrados, como si estuviesen sintiendo algo que los humanos no podían percibir. Pero si que podían… Notaban como si algo horrible que no podía cambiarse se avecinase a pasos agigantados. En ese momento se oyó el sonido de un cuerno, tan claramente como si lo estuviesen tocando a diez pasos de él. Kuradrus supo enseguida que se trataba de el de Fingolfin.
– ¿Cómo es posible que podamos oírlo? – susurró a Ethî. Debemos estar a muchos kilómetros de donde está él.
– Nunca se está lo suficientemente lejos de Angband, en Beleriand… – dijo la bruja, con voz suave– . Y algunos acontecimientos no pueden ser ignorados. Cierra los ojos y mira, pues los pensamientos de los elfos corren entre nosotros.
Kuradrus obedeció, y vio de nuevo a Fingolfin, que bajaba de un caballo blanco y golpeaba unas enormes puertas de hierro.
¡Sal, Morgoth Bauglir, cobarde entre los Valar! – gritó Fingolfin, y Kuradrus lo entendió, pese a que no conocía la lengua que hablaba– . ¡Sal, Morgoth Bauglir, Señor de Esclavos!
Y un millar de voces elficas pidieron a gritos que los deseos de su señor no se cumplieran, que Morgoth Bauglir no saliese de su refugio. Pero entre ellas había unas pocas voces desesperadas que pedían venganza, que rogaban que el Oscuro Valar apareciese para rendir cuentas al Señor de los Noldor, Fingolfin.
Pero Morgoth salió. Sus pasos resonaban en las profundidades de la tierra, lentamente acercandose a Fingolfin. Las puertas de hierro se abrieron y Kuradrus no pudo evitar gritar.
Una gigantesca figura con una armadura negra y una Corona de Hierro en la que brillaban tres luces cegadoras apareció ante la figura azul brillante de Fingolfin, quien no pareció más que un alfiler frente a aquella gigantesca figura de sombras. Una espada helada apareció en las manos del elfo, y este te lanzó sobre el Oscuro. Morgoth levantó un gran Martillo y lo descargó sobre el elfo, que esquivó el golpe.
– Morgoth golpea, Fingolfin esquiva – susurro Ethî– . Así me lo enseñaron en la escuela, y sin embargo no había imaginado nada igual.
En verdad la lucha era titánica, pues Morgoth abría boquetes en la tierra con su arma y Fingolfin se movía tan rapido que su espada parecía una neblina brillante. Hirió a Morgoth siete veces, y con cada herida los gritos de Morgoth resonaron en el Mundo.
Pero los movimientos del elfo se hacían cada vez más lentos, y por ultimo no pudo esquivar un golpe que el Valar le lanzó con el escudo. Pero se volvió a levantar. Sin embargo tropezó con una de las grietas que el Martillo había abierto. Cayó de espaldas y Morgoth le pisó el cuello, y Fingolfin con sus ultimas fuerzas le cortó el pie. La sangre oscura pero caliente abrasó al elfo, que al fin murió, pero como uno de los mayores guerreros que jamás hubo.
Kuradrus abrió los ojos y tomó a Ethî del brazo.
– Por favor, no puedo seguir mirando, es demasiado triste para mí – dijo el hombre a la bruja. Esta asintió y comenzó a andar, camino abajo. Los elfos seguían teniendo los ojos cerrados, pero ahora lagrimas resbalaban por sus mejillas.
Varios días después los dos caminaban por un bosque. Habían visto muchas de las secuelas de las guerras en aquel mundo, muchas casas quemadas, muchos bosques corrompidos, muchos paramos llenos de monstruos, lobos y arañas y orcos. Y cosas peores, antes las cuales Ethî había palidecido y echado a correr como una loca.
– ¿Y dices que este es uno de los mundos mas importantes que existen? – preguntó Kuradrus con sarcasmo.
– Si – replicó ella– . Tal vez el más importante, aunque eso es imposible saberlo. Pero si el ser-universo tuviese organos como las personas, se podría decir que la Tierra Media es parte del corazon y la cabeza de él.
– Pues no parece un mundo muy agradable, solo encuentro caos…
– No lo ves en su mejor momento, y tampoco has visto sus maravillas ocultas… De todos modos, tambien hay grandeza en el caos y en el mal. Yo no estoy completamente en contra del Señor Oscuro.
– Mató a Fingolfin.
– Fingolfin sabía lo que hacía al desafiar a un Valar. Está mucho más allá del entendimiento de un elfo lo que impulsa a un Dios, y él lo insultó a pesar de ello. Sin embargo, en mi propio mundo yo he desafiado al equivalente de Morgoth aquí. Cuando quieres proteger algo o vengar a un ser querido, no piensas mucho en lo que haces…
– Entiendo. Por cierto, he estado pensando… ¿Cómo volveremos si tu magia aquí no funciona?
– Es sencillo, haré lo mismo que la otra vez… Tu aún eres parte de tu mundo y puedo usar la magia que hay en ti para hacerte volver. Me gustaría poder lanzar ese conjuro sobre mi misma, pero me temo que eso es imposible.
– Ya veo – dijo Kuradrus– . ¿A dónde nos llevas?
– Hay alguien en este mundo que tal vez pueda ayudarnos…

Justo un día después, encontraron un huerto junto a un montículo. Aquello parecía fuera de lugar, pues habían recorrido muchos kilómetros de bosque sin encontrar nada que se pareciese a civilización. Y sin embargo allí estaba.
– ¿Es allí donde vive el que dices? – preguntó Kuradrus.
– Parece coincidir con las descripciones que tengo, pero no estoy segura – replicó Ethî– . He viajado guiandome por la intuición, ¡mira!
Un hombre más bajo que Kuradrus de barba castaña, ojos brillantes y ropas estrafalarias se acercó a ellos alegremente.
– Hola, viajeros, no sois de por aquí, ¿verdad? – les preguntó, mirándolos con un inquietante brillo en los ojos.
– Saludos, Ben-Adar – dijo Ethî, mirándole con cautela.
– Oh, puedes llamarme Tom. Ya sé que piensas en mi como Tom. Sé más de lo que imaginas.
– ¿Realmente eres Tom Bombadil? – preguntó la mujer.
– Si crees que tiene tanta importancia… Solo soy alguien sencillo que disfruta del baile y del bosque. No necesito problemas, y vosotros me habéis traído muchos… Sabeis que no debéis estar aquí, ¿cierto?
– Lo sabemos, Tom. Tenemos que encontrar la…
– No puedo ayudaros. Debéis hablar con Baya de Oro, porque ella sabe menos de estas cosas. Yo no debo involucrarme
– Lo siento, Tom. Pero no quise desperdiciar la ocasión de hablar con usted.
– Vaya, y eso que no me has oído cantar. Sin embargo, no malgastaré mis canciones en gentes tan ocupadas como vosotros.
– Tom…
Pero ya se había marchado. Descendieron hasta el río y una mujer apareció en él, sentada sobre el agua, sumergida a medias, sin hundirse del todo.
– Hola, hermoso señor y querida dama – rió ella.
– Hola, Baya de Oro – respondió Ethí, como si se tratase de una amiga de toda la vida– . Necesitamos tu ayuda. Buscamos la Laguna de las Lagrimas.
– Si, ya sé. Mi maestro podría decirte como llegar hasta allí, pero mis conocimientos no son tan profundos como sus océanos. Aún así, no debéis tratar de hablar con él. No le gustará saber que os entrometisteis en la Canción.
– De veras me aterroriza la posibilidad de que los Valar se interesen por nosotros. No hablaré con Ulmo – dijo Ethî.
– Bien, tengo algo para ti. De algún modo fue enviado desde la Colina de los Espíritus. Es repugnante, pero dicen que te será útil. El árbol debe ser herido con él. Debéis hablar con Arkham, pues nadie sabe abrir puertas mejor que él.
Baya de Oro salió del agua y le dio a Ethî una hoja sucia, ilegible y cubierta de sangre negra. Parecía arrancada de un libro.
– Os deseo buena suerte – Baya de oro se lanzó al agua y la perdieron de vista en segundos.
– Bueno, ha valido a pena el viaje – comentó Ethî– . Voy a lamentar abandonar la Tierra Media…
– Yo también – dijo Kuradrus– . Tengo la sensación de que queda mucho por ver aquí…
– Pero no podemos quedarnos – la bruja se abrazó a Kuradrus, y gritó– : Zurückkehren!
Y no se les volvió a ver en ese mundo.

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MensajePublicado: Lun Jul 02, 2007 3:24 pm    Asunto: Responder citando

La manera en que se tratan Kuradrus y Ethî es muy buena... jajaja, las palabras del narrador llega de verdad... me gusta mucho malfuin.. sige asi

POSTEA MAS!!

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Lord Balin
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MensajePublicado: Lun Jul 02, 2007 3:57 pm    Asunto: Responder citando

Pues esperad a leer hasta el final.....O.O.


p.D: por cierto...buenísimo el Valle SIn Sol! ^^

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MensajePublicado: Lun Jul 02, 2007 9:49 pm    Asunto: Responder citando

¿Seguro que alguien ademas de Gata Blanca los lee? xD En cualquier caso agradezco mucho su presencia por aquí ^^ En fin, va otro...

Lord Balin, gracias, no estaba seguro de si el VSS sería aceptado, pero parece que sí ^^

Reaparecieron en el Bosque Rojo. Ethî llevaba en la mano la sucia hoja arrancada que Baya de Oro le había entregado. Cuando se miró a su alrededor, se fijó en el hacha que Kuradrus portaba.
– ¿Para que crees que es esta hoja? – preguntó la bruja.
– No lo sé – replicó el hombre– . Tu eres la que entiende de estos asuntos.
– Así es. Pues bien, creo que es una especie de llave.
– ¿Una llave?
– Si, debe ser un objeto de algún otro mundo, algo que nos han enviado.
– ¿Una llave? ¿Y como la usamos? – preguntó Kuradrus.
– Dame el hacha – pidió Ethî.
Kuradrus así lo hizo, y ella dejó el hacha en el suelo. Puso la hoja de papel sobre esta, y estendiendo las manos sobre los objetos, dijo:
Verbindung!
Una luz rojiza envolvió el hacha, y se hizo tan intensa que tuvieron que desviar la mirada. Cuando cesó, las runas del hacha habían pasado de ser azules a rojas, y el arma tenía un aspecto mas antiguo y gastado.
– Ha cambiado su aspecto, pero… ¿de que nos sirve eso?
– Ahora el hacha llevará al mundo de quien nos ha enviado ese objeto, al menos la primera vez. Debemos hablar con un tal Arkham, ¿recuerdas?
– ¿No podríamos usar uno de tus objetos entonces, para ir a tu mundo?
– No, porque mis objetos no han sido encantados para ser usados como llaves en Rwinilin, y yo tampoco sabría como hacerlo. Esta bien, Kuradrus, recoge el hacha y sácanos de aquí.
– Bien.
El hombre recogió el arma e hirió uno de los árboles, que inmediatamente comenzó a sangrar. La sangre los tocó a ambos, y desaparecieron al instante.
Al segundo siguiente te encontraban en una habitación circular de piedras gris, en el centro de la cual había una estatua que representaba una mujer con un arco. Había varias puertas.
– Esto no me gusta – dijo Kuradrus– . Y es lugar malvado, se nota con solo mirarlo.
– Se parece bastante al lugar donde aprendí magia – replicó ella.
– Ya veo…
– Vamos por esa puerta, creo que oigo a alguien al otro lado.
Subieron unos pocos escalones y abrieron la puerta. No demasiado lejos había un hombre que caminaba con paso firme. Llevaba una enorme espada y otros objetos sobre su cazadora de cuero rojo vivo.
– Cuidado con esas armas – susurró Ethî– . Se llaman pistolas, no creo que en tu mundo las conozcan. Pero son bastante más dañinas que las ballestas.
– Entendido – replicó el otro– . Acerquémonos.
El hombre al que espiaban, que tenía el pelo blanco por completo, se acercó a una especie de balcón y estiró el brazo. Y de repente una mujer se precipitó desde las alturas. El joven demostró unos increíbles reflejos al cogerla de una pierna, dejándola colgada cabeza abajo.
– ¡Vaya! Me encanta este tipo de lluvia – rió el hombre de rojo– . Ya decía yo que esas nubes tenían una pinta rara – añadió pensativo.
– ¡Suéltame! – exclamó la mujer que había caído.
– ¿Qué te suelte? – replicó él, y volvió a reír– . Sería una pena que semejante bombón se convirtiese en puré de chica guapa.
La mujer levantó una pistola y disparó al hombre de rojo. Este recibió el disparó en la frente y la soltó con un grito de dolor. La mujer se precipitó. El hombre siguió en pie y miró hacía abajo.
– Un disparó de ballesta habría matado a un hombre – dijo Kuradrus en voz baja– . Las pistolas no son tan poderosas después de todo.
– No es eso, es que ese hombre no es humano. Al menos, no del todo – explicó Ethî– . Se nota por sus reflejos.
– ¡De que vas! – gritó el hombre mirando hacía abajo, por lo que supusieron que la chica se había agarrado a algún sitio y había sobrevivido– . ¡¿Encima que intento ayudarte me lo agradeces pegándome un tiro!?
Se oyó otro disparo, que alcanzó al hombre en plena boca. Éste escupió una bala.
– En fin, haz lo que te de la gana – dijo el hombre y se dio la vuelta. Comenzó a andar de nuevo hacía el interior murmurando– : Me parece que cada vez tengo peor suerte con las mujeres…
Entonces vio a Kuradrus y a Ethî.
– ¿Y que miráis vosotros? – preguntó– . ¿Tambien venís a dispararme? ¿O es que pretendéis colaros en la fiesta?
– Buscamos a Arkham – dijo Ethî– . ¿Eres tú?
– No conozco a ningún Arkham – replicó él– . ¿Quiénes sois vosotros? No parecéis demonios… Yo soy Dante.
– Él es Kuradrus y yo soy Ethî – dijo la bruja– . Arkham debe estar en este lugar tan extraño.
– Este lugar que dices es una Torre; conecta con el Infierno, me parece… Será mejor que me ayudéis. Quizás Arkham es el tipo del libro, ese que vino a mi negocio…
– ¿Un libro? Sí, creo que es el.
– No parecía un tipo muy legal. ¿Qué queréis con él?
– Pedirle una llave, luego nos marcharemos.
– Estará en la cúspide de la torre, y yo también voy para allá, así que mejor me ayudáis a subir, ¿entendido?
– Si.
Caminaron hasta otra puerta, y descubrieron un alto vestíbulo circular. Pero no había escaleras. Solo unos círculos que brillaban con un inquietante destello rojo.
– Id por abajo – dijo Dante– . Yo iré por arriba. No os alejéis demasiado, y no matéis a todos los demonios… Dejadme unos cuantos a mi también – rió. Saltó sobre el circulo rojo más cercano. Cuando lo tocó, se oyó una especie de campanada y el joven salió volando.
– ¡Nos vemos! – gritó, y desapareció en las plantas superiores.
– ¿Qué opinas de él? – preguntó Kuradrus– . Es muy frívolo, pero no parece mala persona.
– No importa lo que opinemos, me parece que es enemigo de Arkham. Y tal vez tengamos que ponernos en su contra.
– Él trata de ayudarnos – protestó Kuradrus.
– Pero no puede darnos la ayuda que necesitamos, así que es inútil. Tal vez sus intenciones sean buenas, pero no tiene nada que ver con nosotros.
Cuando volvieron a reunirse Dante parecía algo más cansado. Pero los miró con interés.
– ¿Encontrasteis algo? – les preguntó.
– Unas estatuas nos atacaron – replicó Ethî– . Pero las hice estallar con mi magia. Y tras una de ellas hayamos esto – añadió, sacando una piedra roja.
– ¡Orihalcon! – exclamó Dante– . Nos será útil, ahí adelante hay un ascensor que no recibe energía para funcionar. Esto nos servirá.
Avanzaron y Dante depositó el orihalcon en un pedestal. Se oyó sonido de cadenas y el ascensor volvió a funcionar.
– Oye, Dante… – dijo Kuradrus, mientras se apretujaban en el ascensor– . ¿Qué buscas tú en este lugar?
– A mi hermano – dijo Dante– . Él es quien ha organizado está fiesta, y yo he venido a decirle que opino de ella.
– ¿Tu hermano? – preguntó Kuradrus– . ¿No será ese Arkham?
– No, no – rió Dante– . Estoy hablando de mi hermano gemelo. Vergil.
– Oh… – Kuradrus no supo que decir. Ethî no parecía interesada.
Salieron del ascensor y caminaron por una enorme estancia. Dante se paró frente a una puerta, ante la cual se había formado un muro de llamas.
– ”Las brillantes llamas del mundo carmesí niegan el paso a los intrusos” – recitó.
– ¿Cómo cruzaremos? – preguntó Ethî.
– Yo también he conseguido algunas cosillas en la torre, dijo, y sacó un frasco de cristal azul. Lo rompió en las llamas, que desaparecieron engullidas por un remolino de burbujas. Entraron.
Una decena de demonios armados con guadañas se lanzaron sobre el grupo. Dante cogió su enorme espada y comenzó a atacarlos sin piedad. Kuradrus tomó su hacha y golpeó a otro que trató de derribarle. Los relámpagos que envolvían el hacha se habían vuelto rojos. Supuso que la ultima transformación había cambiado los poderes del arma. Por su parte, Ethî controlaba a los demonios como un titiritero, haciéndolos destruirse entre ellos. Al morir, las criaturas se convertían en arena.
Un rato después habían alcanzado al fin la cúspide de la torre. Dante miró al hombre que había de pie, de espaldas a ellos. Tenía el cabello del mismo color que Dante, pero, a diferencia de él, iba peinado hacia atrás. Y llevaba una katana. Era Vergil.
Danse te encaminó hacía su hermano gemelo. Kuradrus estaba a punto de seguirlo, pero Ethî le tomó del brazo.
– Esto no es asunto nuestro – le advirtió, y prestó atención sin interferir.
– Cuanto has tardado – dijo Vergil.
– No tienes ni idea de cómo organizar una fiesta – replicó Dante– . No hay comida… No hay bebida… Y la única chica se acaba de pirar.
– Lo siento en el alma, hermano – dijo Vergil– . Pero no he tenido tiempo de organizar los preparativos para nuestro duelo.
– En fin, hace casi un año que no nos vemos – comentó Dante– . ¿Por qué no vienes a darle un besito a tu hermano? O mejor, ¿y si te doy un besito con esto?
Y le apuntó con una pistola. El trueno estalló en el horizonte mientras los contendientes se miraban con frialdad.
– Bueno – rió Dante– . ¿Son todas las reuniones familiares tan interesantes?
– Y que lo digas – contestó Vergil, y ambos se entregaron a una lucha desenfrenada.
Mientras los gemelos se enfrentaban, un hombre calvo y vestido de negro, que tenía una extraña marca en un lado de la cara y llevaba un libro en los brazos, apareció tras ellos.
– ¿Qué venís a buscar? – preguntó– . Estáis interfiriendo.
– Tu debes ser Arkham – dijo Ethî– . Venimos de otro mundo. Nos dijeron que podrías ayudarnos.
– Si, me pidieron que lo hiciera. He hecho muchos tratos con seres de otros mundos. Pero solo tenía que daros un mensaje. “No trates de llegar a la Laguna de Lagrimas por un camino recto, siempre habrá una nueva pista si sigues todas las migas de pan”.
– Entiendo, es más o menos lo que imaginaba. ¿Algo más?
– Una miga de pan – dijo Arkham, y abrió muchos los ojos. Uno de ellos era azul y el otro marrón, lo cual asustó a Kuradrus. Arkham extrajó un colmillo de sus ropas y se lo dio a Ethî.
Entonces Dante fue derribado. Kuradrus trató de ayudarle, pero Arkham se interpuso.
– No interfiráis – dijo.
– ¿Qué haces, Kuradrus? – preguntó Ethî.
– ¡No puedo quedarme a ver como matan a quien me ha ayudado! – exclamó el hombre. El hacha se cargó de rayos rojos, y golpeó a Arkham, pero este desapareció.
– Está fuera de sí, llévatelo – dijo, reapareciendo tras ellos.
Zurückkehren! – gritó la bruja cogiendo al leñador, y ambos desaparecieron.
No se les volvió a ver en aquel mundo.

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