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Cuentos de Tenebria

 
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Ray_Silver
Tripulante del Enano Rojo


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MensajePublicado: Mie Mar 14, 2007 9:19 am    Asunto: Cuentos de Tenebria Responder citando

Esta es una historia que escribí el año pasado y he pensado en colgarla. Advierto que creo que el estilo es sumamente rebuscado:

Erase una vez hace mucho, mucho tiempo en una ciudad llamada Tenebria...
El murmullo incesante del río de Tenebria no era suficiente para acallar los bufidos de dolor y constantes resoplidos que aquel joven, de caminar lento y pesado, profería a cada paso que daba; pasos que se encaminaban en la perenne oscuridad de la ciudad hacia el puente que cruzaba el rió. Probablemente el origen de su mal se hallase en el pesado pedrusco que soportaba entre sus finos brazos, que a su vez estaba anudado a una soga que a su vez formaba un curioso lazo alrededor del cuello de muchacho.
Era este muchacho uno de aquellos jóvenes semejantes, por lo fino de su talle, a una flor nacida en primavera que lucha vacilante por crecer y hacerse un hueco en el jardín. Todo él delataba además que la luz que había hecho germinar tan delicada planta era la del amor, un amor de esos de suspirar el nombre de la amada a la Luna todas las noches, de esos de escribir poemas tan llenos de sentimientos sinceros como carentes de la más mínima calidad o sentido métrico, de esos amores que se guardan dentro de la llama de los sentimientos del enamorado para que no pierda su fuego merced al frío inhóspito de la realidad, esos que convierten a los muchachos en peleles que parece que vayan a vaciarse en cualquier momento de tanto soltar suspiros y, en definitiva, uno de esos amores que podríamos calificar de...un poquito tontos, la verdad.
Como decíamos, este mozo lucía una alborotada y oscura melena que se le pegaba al rostro debido al sudor que surcaba su frente, descendía por sus ojos, grises y ojerosos, recorría su pálido y fino semblante y finalmente resbalaba por su barbilla. El demacrado rostro de nuestro personaje hacia juego con sus ropas, las cuales ,como viene siendo habitual en estos jóvenes románticos que malviven vendiendo sus poesías al por menor, estaban llenas por completo por unos descosidos que nada debían envidiar a los surcos de un huerto y acumulaban tal variedad de gérmenes varios que bien podría declararse reserva biológica.
"¡Condenada piedra! menudo dolor de espalda va a dejarme” pensó el muchacho, que respondía al nombre de Gervasio"...aunque bien mirándolo dentro de unos instantes no voy a tener dolor de espalda del que preocuparme...¡Pero eso será si este bloque del demonio no me fractura antes el cuello!¡Que horror!¡Que manera más poco romántica de morir! esa manera tan mundana y vulgar de pasar a mejor vida es indigna de un poeta como yo!"
Llegó finalmente el buen Gervasio hasta el centro del pétreo puente e infundiéndose ánimos al ver cerca el final de su cometido, sacó fuerzas de lo más profundo de su enjuto cuerpo y alzó el pedrusco hasta depositarlo sobre la barandilla del puente. Una vez colocada su pesada herramienta, él mismo se subió aunque bien es cierto que entre los mareos del ejercicio y el cansancio poco le faltó para no caerse antes de tiempo al río.
Moviéndose con la misma gracia que un ganso ebrio, el joven poeta acertó a ponerse en pie sobre su improvisada plataforma. Se dedicó unos minutos a atusarse sus atavíos, acicalarse lo máximo que su precaria situación le permitía y recordar las palabras del discurso que iba a proferir. Por último, carraspeo ligeramente y sacó de un bolsillo interior de su chaqueta una botellita de cristal en forma de libélula rellena de absenta, a la que propinó un generoso trago.
- ¡Señor de los Tiempos y los Cielos! ¡ A ti clamo en esta hora aciaga! ¿Merced a que cruel designio decidiste otorgarme esta sensibilidad que se emociona con el piar de los pájaros, que tiembla al ver la belleza de los reflejos de la Luna danzando en las aguas del río y que se queda prendado por el rostro de una bella dama si después me hiciste incapaz de alcanzar el objeto de mí deseo? ¡Pues si bien es cierto que no puedo alzarme al vuelo para alcanzar los pájaros o elevarme a la bóveda celeste para tocar la Luna, no menos cierto es que más lejanos que las aves o los Astros esta mi amada Violeta!
¡Violeta! ¡Oh, Violeta! ¡Por ti he llenado mis eternas Noches en esta ciudad con lamentos melancólicos y poemas desesperados escritos con mi propia sangre! ¡Merced al amor que tu delicada piel me inspira, amada mía, he subido en alas de la poesía a los más celestiales paraísos donde sueños de tu fina figura aparecían ante mis llorosos ojos. Mas por ti también he descendido a las simas de la más negra de las desesperaciones que pueden abatirse sobre un hombre!
¡Y ahora, Violeta, mi amada Violeta, mañana entregaras tu mano y tu cuerpo en matrimonio a otro hombre! Cruel destino es este que se abate sobre mi ¿Cómo podré soñarte yo, Violeta, si tu ni siquiera estarás ahora en mi horizonte? ¡Si he de vivir sin poder colmarte de poesías, no quiero vivir!
¡Adiós mundo cruel! ¡Adiós, dulce y cruel Violeta, terrible, majestuosa y bella como la vida misma! ¡Adiós, Tenebria. Ciudad querida cuyos callejones no volveré a recorrer embriagado por la belleza de Noche!
Mientras hablaba, Gervasio había levantado de nuevo la piedra, y una vez hubo concluido su discurso simplemente saltó al agua, cruzó como un proyectil el espacio que lo separaba del río y se hundió como una piedra, lo cual por otra parte es bastante lógico.
En favor del buen Gervasio hemos de decir que su dramática declaración de principios, amor y suicidio se hizo oír y dio que hablar en todos los rincones de Tenebria. Claro, que la mayoría de las conversaciones producidas por el discurso versaban sobre si era el llanto de una cabra agonizante, los delirios de un loco o simplemente un borracho con una vocación teatral frustrada; por si interesa: la teoría de la cabra se impuso sobre las demás…
Pero volvamos a nuestro amigo suicida. Como dijimos, su cuerpo se había sumergido rápidamente en las aguas y descendía hasta el lecho del rió a una velocidad considerable. Mientras se hundía, se le erizaba el vello al contacto con la fría agua y no tardo mucho en reconocer que el peso de la piedra tirándole del cuello era, cuanto menos, molesto. Finalmente llego al fondo rocoso del río y una vez allí, el muchacho decidió adoptar una pose relajada, dejando que su cuerpo flotase a merced de la corriente del río, a fin de que su muerte fuese todavía más poética.
Sin embargo…no habían pasado apenas treinta segundos cuando Gervasio comenzó a cuestionarse seriamente lo acertado de haber elegido esa forma de suicido. Él había pensado que una vez se metiera en el agua, el frío le atontaría hasta sumergirlo en un dulce sueño del que ya no despertaría; pero en vez de ello se encontraba con una horrible e incomoda sensación de asfixia que le abrasaba la garganta y le hacia buscar desesperadamente oxigeno.
No. Decididamente esa no era la lírica muerte que él buscaba ¡Debía salir de ahí! Su cabeza empezó a verse acosada por una repentina jaqueca, sus oídos se taponaron y sus miembros se atrofiaron. Forcejeaba desesperadamente, intento romper la soga que le aprisionaba el cuello, pero exceptuando el espanto de los peces autóctonos, no puede decirse que sus esfuerzos fueran fructíferos.
Entonces la vio.
Mientras su vista se nublaba distinguió en la penumbra de las aguas una figura humana que se dirigía nadando hacia él. Repentinamente Gervasio dejo de hacer esfuerzos, pues sin duda alguna era la Muerte en persona la que venia a recoger al poeta dispuesto a abandonar este mundo. Se decía que la Señora del Más Allá es una dama de tan finos rasgos y tan desbordante hermosura que aquellos que la ven no tienen más remedio que seguirla hasta su reino. “Si”Pensó Gervasio “Es una buena manera de morir si lo último que contemplo es el rostro de una dama que supere en belleza a mi Violeta”.
Sin embargo, la faz que se acercaba al joven no se correspondía demasiado con los canones de belleza tradicionales…un bigote desaliñados…un parche en el ojo…una expresión tosca y una boca cuyos escasos dientes mordían un cuchillo…No, definitivamente aquella no era la idea que Gervasio tenía de belleza.
Y aquello fue lo último que el suicida pensó…

“Estoy muerto… ¿Dónde estoy? ¿Habré ido al Cielo? Si, creo que el Cielo es lo justo, nunca le hice un mal pretendido a nadie…pero me suicide…y dicen que eso lleva directamente al Infierno…pero ¿Qué sabrán esos teócratas gordinflones?...Ouch…me duelen los ojos…no sabia que estando muerto pudiera sentirse dolor…aunque eso explicaría los lamentos de los fantasmas…espera… ¿esto que toco son sabanas? Están tan ásperas que parecen lijas… y eso que huelo es un guiso o las calderas de los condenados del Averno…creo que debería abrir los ojos en vez de hacerme tantas conjeturas”
Le costó un poco convencerse de que aquello no era la antesala del Infierno y que aquel viejo que azuzaba el fuego de la chimenea no era Lucifer. Se hallaba en lo que parecía ser el interior de una vieja casucha de piedra que si bien no se caía a pedazos, poco le faltaba. Apenas si poseía algún mueble y los que había eran un nido de carcoma y por las ventanas se filtraba el susurro del río, revelando su proximidad. Recorriendo el derruido edificio con la mirada, Gervasio advirtió que las paredes estaban totalmente recubiertas de musgo, pero, mas importante aún, descubrió lo que impedía que aquel amago de vivienda se viniera abajo: un árbol, probablemente un sauce llorón, parecía haber roto un hueco de la pared y la mitad de su cuerpo se hallaba en la casa, de tal forma que sus raíces se extendían por buena parte del suelo y sus ramas sujetaban el techo.
El viejo que estaba en el centro de la habitación, removiendo una caldera en la chimenea, se volvió hacia Gervasio y le preguntó con una voz áspera y ronca:
-¿Se ha despertado ya la marquesita?
El hombre se levantó farfullando y blasfemando en un tono inaudible para el muchacho, y menos mal que era así, pues más de uno de esos insulto habrían herido su sensibilidad. Mientras avanzaba lentamente hacia él, Gervasio lo observo: su rostro era una extraña mezcla de una calavera de cogote liso y semblante blanquecino y de cuervo con cara de malagüero y extenso pico representado por una nariz aguileña a cuya sombra, que no era poca por cierto, creía un bigote canoso que bien parecía una colección de largas espinas blancas. Un único ojo (el otro lo ocultaba un parche negro), pequeño y sepultado bajo una avalancha de ojeras, escrutaba al muchacho.
Andaba el viejo embutado en una gabardina de color oscura, no por que este fuera el color del atavió sino por que la mugre que hacia nidos en él así lo había teñido. Bajo la prenda podían distinguirse las dos piernas, siendo una de ellas un palo de madera que era, con diferencia, la parte que mejor aspecto presentaba del conjunto del hombre.
- Y dime, muchacho – Preguntó tomando asiento en la cama frente a Gervasio- ¿Cómo te llamas?
-…eee…Gervasio Barriobaudio, señor.
- Ya veo –
Susurro el viejo al tiempo que asentía con la cabeza, al tiempo que tornaba la vista a otro lado; un gesto absolutamente normal en una persona de su edad, pero que adoptado por este hombre adquiría la capacidad de acongojar aún más, si cabe, al joven poeta.
- Y… ¿Qué hacías con una soga rematada en piedra anudada a tu delicado cuello? – Interrogó el viejo al tiempo que encaraba repentinamente al joven, lo que provocó un escalofrió en el interrogado -¡No me digas que se trata de la última moda angoschi (*)!
- Yo…yo…yo….
- Pues claro ¡No voy a ser yo!
- Yo estaba…yo….intentaba…iba a matarme, señor
- ¡Iba a matarme! – Repitió el viejo con sorna- ¡Iba a matarme, dice! ¡Como si fuera cosa de accidente el que si uno se pasea por la barandilla del puente con una piedra anudada al pescuezo y se cae al agua se ahogue! ¡Querrás decir que te ibas a suicidar! ¿No?



- Si…si
Reconoció Gervasio, cada vez más desconcertado.
- Ah, bueno…eso ya es otra cosa… ¿Y por que ibas a hacerlo? ¡No me lo digas! ¡Seguro que por amor, por el amor no correspondido de una joven!
Gervasio quedó maravillado por la sabiduría que aquel anciano desprendía. De repente, a través de aquel ojo no percibió una amenaza; algo parecido a un sexto sentido le decía al joven que aquel señor ocultaba un ser bondadoso y dispuesto a enseñarle una nueva forma de afrontar la fatalidad y encarar su vida.
Subitamente, con una rapidez inesperada en alguien de tan aparatosa composición, el viejo se levantó de su asiento y propinó al muchacho una fuerte y estruendosa cachetada en la nuca que resonó en la cochambrosa sala y dejó al atacado a un palmo de probar el sabor del suelo y postrado en el mismo.
- ¡¡Un necio!! ¡Un necio es lo que eres tú! ¿Por eso ibas a acabar con tu vida? ¿Por qué una mujer no te hace caso?
Vociferó el viejo, martilleando con su voz de lija los oídos de Gervasio.
El agredido levantó la mirada hasta encontrarse con la expresión furibunda de su atacante- ¿Hemos mencionado que Gervasio carece por completo de sexto sentido?- Con la nuca ardiéndole de dolor y los ojos llorosos, el poeta alzó la voz quebrada y se defendió:
- N….No….No es una mujer…Ella es la mujer…de mi vida
- ¿La mujer de tu vida? – Repitió el viejo entre una carcajada y una mueca de desprecio- ¿Cuántos años tienes?
- Veintiséis.
- ¡Veintiséis! ¡Veintiséis! – Repitió de nuevo el interlocutor mientras paseaba por la habitación y abría los brazos, como increpando a una invisible audiencia que contemplase silenciosa la escena - ¿Y con veintiséis años ya afirmas haber conocido a la mujer de tu vida? ¿A tu compañera, la madre de tus retoños, la cocinera de tus cenas? ¡Yo conocí a la mujer de mi vida después de dos divorcios y cuarenta relaciones esporádicas, pero tú la conoces a los veintiséis de golpe y sopetón! ¡Vaya ahorro de tiempo, muchacho!
El silencio cayó a continuación como una pesada losa; sin embargo dos respiraciones bien distintas resonaban en la estancia: la del viejo, acelerada y furibunda, y la de Gervasio, acelerada también pero asustada y conmocionada.
- ¿Quién es usted?
Preguntó Gervasio.
- Severio Estilete, guardia del puente.
Respondió el interpelado, dejándose caer sobre una banqueta.
- Y…¿Por qué me ha salvado?
Severio clavó la mirada de su ojo directamente en los de Gervasio y explicó lentamente:
- No te confundas, cenutrio raquítico. No te he salvado por compasión, sino por hobby. – El viejo se dirigió su mirada esta vez hacia la ventana, desde la cual se divisaba el puente de Tenebria- Todas las noches vienen jóvenes desesperados, muchachos como tu, unos entupidos que no saben hacer otra cosa más que llorar sus desdichas. Vienen aquí para morir, para acabar con todo sin tener que luchar; mientras que los demás tenemos que levantarnos todas las noches a primera hora para lidiar con los problemas de nuestra vida. No soporto a esos niñatos egoístas – Severio reafirmo su desprecio escupiendo al suelo de una manera tal que poco le faltó para hundir las piedras de este- Has estado alguna vez en el Bulevar de la Araña, niño? Y no me refiero al alegre antro de Madame Deliria y compañía, no. Me refiero a lo que hay detrás, me refiero a los alcohólicos, a las prostitutas enfermas, a los niños hambrientos y llorosos porque sus padres se fueron a buscar algún desagraciado al que afanar la cartera y poder pagarse la dosis de vicio. Esos si que son problemas, y no lo que tu tienes.
Hay personas que ya no tienen oportunidad de luchar por lo que quieren porque ya es demasiado tarde para ellos o están apunto de morir, en cambio vosotros estáis en la flor de la vida y ya os dais por vencidos, incapaces de ver la suerte que tenéis. No, no es por compasión por lo que te he salvado, sino para obligarte a vivir, para obligarte a luchar y a sufrir como lo hacemos todos.
Severio concluyó y mantuvo su atención en la ventana.
Gervasio por su parte calló, intentando digerir todas las palabras que el guarda del puente le había dirigido. Finalmente, el viejo volvió a hablar:
- Esa muchacha… ¿Has hablado con ella sobre lo que sientes?
Gervasio negó con la cabeza.
- ¿Has hablado con ella alguna vez?
Con las mejillas sonrojándose de vergüenza, el poeta repitió la anterior respuesta.
- Tu sabrás lo que haces, Gervasio.
Sentenció seca y tranquilamente Severio mientras se levantaba y volvía a dirigir su atención a la cazuela de la chimenea.
El reloj señalaba la Hora Pronta(*) cuando el muchacho abandonó la caseta del puente y dirigía sus pasos hacia la siempre oscura ciudad de Tenebria. Si no hubiese ido ocupado en hacer una aparatosa digestión verbal, se habría percatado que otro joven, de similar figura pero que venia de la dirección, contraria se paraba en el centro del puente para a continuación subirse a la barandilla.



A través de la ventana de su caseta, Severio Estilete suspiró. Se atusó la gabardina y extrajo de su bolsillo un cuchillo.
- Parece que aún nos queda algo de trabajo, Edelmiro -

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lady_Elyon
Under The Rose


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MensajePublicado: Mie Mar 14, 2007 5:22 pm    Asunto: Responder citando

Severio Estilete rlz!

Me ha gustado mucho Ray, y ya te digo, que Severio Estilete me parece un personaje curradísimo. Quiero más Rolling Eyes

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Lord Balin
Señor del Conocimiento Prohibido


Registrado: 06 Sep 2006
Mensajes: 3644
Ubicación: Belegost la Grande, en las Montañas Azules
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Sexo:Este usuario es un Hombre

MensajePublicado: Mie Mar 14, 2007 5:29 pm    Asunto: Responder citando

lady_Elyon escribió:
Severio Estilete rlz!

Me ha gustado mucho Ray, y ya te digo, que Severio Estilete me parece un personaje curradísimo. Quiero más Rolling Eyes


Severiooooo!!! queremos usebards!!!!!!!!! ^^ muy bueno Ray, y los nombres son muy originales!!!!! Muerte a Edelmirooooo XDDDD

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Confundador de los frkisolteros
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Skydark
Orco


Registrado: 27 May 2007
Mensajes: 86
Ubicación: Xerenet del Borde Exterior.



MensajePublicado: Jue May 31, 2007 2:28 am    Asunto: Responder citando

¡Me encanta!^^ Very Happy

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- La temperatura exterior es de más de setenta grados bajo cero.
- Exacto. Y mi amigo está ahí fuera.
- Su "Taun-Taun" caerá antes de que llegue usted al primer registro...
- Entonces, nos veremos en el Infierno.
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