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Las palabras de la locura

 
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MuXeD
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MensajePublicado: Mie Ene 09, 2008 9:37 am    Asunto: Las palabras de la locura Responder citando

Esto es un relato que escribí hace eones para un concurso de novela corta del instituto, pero segun los profesores no era "aceptable".....

Lo encontré hace poco en un dvd con mierda rara....

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El doctor miraba a través de la enrejada ventana de aquella pesada puerta. La silueta arrodillada en la lúgubre sala giro lentamente su cabeza lanzando hacia la puerta una mirada infinita, sus cuencas parecían huecas, inmersas en buscar las respuestas que no podía hallar, era la horrorosa mirada de la locura.

-Hans, ¿quién es este hombre?
-Llegó hace un par de días- dijo el cansado doctor. Es aquel detective que encontraron en la mansión. Llegó y no ha hablado desde entonces. No se porque se volvería loco.
En la mente del detective no había nada, pero en sus pupilas seguía grabado un grotesco relieve de piel y carne que recitaba aquella frase. Quien le iba a decir que el caso le arrebataría su cordura.

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“Menuda casa” se dijo a si mismo el detective O’Hara mientras caminaba a través de aquel poco cuidado jardín que le rodeaba. La mansión se elevaba sobre la noche roja. Solitaria, oscura, engrandecida por la pendiente del camino por el que ascendía, la casa transmitía una inseguridad a cada paso mayor. Sus gárgolas parecían vigilar cada una de las ventanas, sus arcos apuntalados y sus vidrieras producían deformes sombras en el antiguo paraje. Una sensación de frío interno recorrió la piel del detective haciendo que sus pies se detuviesen solos.
“Solo es una casa” se dijo “cosas peores has tenido que pasar”. Llegó frente a la puerta. El marco parecía un portal a otra dimensión, entornada, sin cerradura y carcomida, la puerta invitaba a adentrarse. Sacó la linterna, empuño su arma y comenzó a andar hacia la oscuridad. El teniente desapareció en las sombras.

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Los papeles se le amontonaban en la mesa. En ese mes O’Hara solo había seguido un caso. “El cadáver de la joven asesinada, un estudiante italiana, ha sido encontrado colgado en su habitación. Todo apunta a un suicidio" se leia en el titular del periodico del dia. En el lugar del crimen descubrió algo que le pasó desapercibido a los demás. La nota sobre la mesa no se parecía en nada a la de alguien que quisiera quitarse la vida: “quien encuentre esto, por favor que no se entrometa o acabará como yo”. Desde ese momento sabia que el caso no seria fácil. El paseaba ya hacia su destino.

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Las fantasmales sabanas que cubrían la mayor parte del antiguo mobiliario, proyectaban grandes sombras producidas por la única luz de la linterna. Avanzaba lentamente entre retratos que le observaban, inertes, detrás de sus marcos, siguiéndoles con la mirada. Cada habitación que recorría, cada pasillo por el que caminaba, le alejaba de la realidad.
Encontró unas escaleras que habían sido utilizadas, años atrás, por los mayordomos. Cada peldaño producía, al ser pisado por el detective, un quejido que sonaba seco y distante, como si la casa no quisiese a su nuevo huésped. Continuó vagabundeando por el segundo piso. Guiado por algo más que sus pies y aun con aquella sensación desoladora, vislumbró algo. Apagó la linterna y pudo ver, al final del pasillo, a través de una puerta, una luz roja y crepitante. Avanzó con precaución, sin vacilar, expectante de cualquier ruido. Llegó ante la puerta. La empujó con fuerza y entró velozmente. La puerta golpeó en la pared, dando paso al silencio. Las velas parecían hablarle. En el centro había un cuenco. El detective tardó en reaccionar. Se acercó. Un pentágono perfectamente dibujado en el suelo, en cada vértice una vela, en cada vela una llama y en el centro, la horrible verdad. Ahora todo encajaba. Ya sabía porque había desaparecido el cadáver del depósito la otra noche. De manera macabra, alguien había dibujado con ella un pentáculo y las desconocidas runas que lo rodeaban. Un atril presidía la escena, en él un libro abierto. Cuando se acercaba al libro algo le paro en seco. Una voz muerta, seca, desgarró el silencio. “Tú”.

Una silueta se dibujaba podrida y deforme en el marco de la puerta. Parecía un grotesco cuadro, allí, silencioso. Consiguió reaccionar y una bala salió de su arma. Rasgo el aire y golpeo su objetivo. Pero la figura solo retrocedió para no caer. Comenzó a avanzar, lentamente, arrastrando los pies, respirando de manera irregular. Dos balas más siguieron a la primera sin detener, ninguna de las dos, a la criatura. Tres más, nada. El horroroso sonido del revolver vacio se hizo latente en el corazón del detective cuando la última bala dio en la criatura, pero ya era tarde, la bestia se abalanzó y lo apresó con una fuerza sobrehumana. Sus frías manos agarraron sus hombros entumeciendo sus brazos. Su aliento podrido impregnaba su cara, pero no fue su cara lo que le espantó. En su frente, quemada por un sello, se dibujaba una frase. Pronto, el dolor que le producía aquel ser, parecía desaparecer. Una ola de frío recorrió su cuerpo y miles de imágenes se proyectaron en su mente, a cada una más enloquecedora. Su vista se nubló y la realidad se turbó. Cada imagen le acercaba un poco más a su fin, pero, ¿Eran aquellas visiones reales? ¿Era su vida un sueño y todo aquello la verdad? ¿Será quizás el paso entre la cordura y la locura la única manera de conocer la verdad?

Despertó en una sobria habitación de manicomio. No gritó, no recordó, no volvió a hablar porque su mente no despertaría jamás. Ahora sus pensamientos fluían perdidos y no volverían nunca. Esas palabras seguirían ocultas.
Eran las palabras de la locura…

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