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UNA NUEVA ERA

 
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Master del Multiverso
El Señor de Los Roleos


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MensajePublicado: Sab Dic 23, 2006 1:12 pm    Asunto: UNA NUEVA ERA Responder citando

Bien, lo primero es pediros que no respondais a este hilo de mensajes, crearemos uno específico para ello. Basicamente se trata de que estoy escribiendo una especie de 'novela', y os la voy a ir poniendo poco a poco en el foro. Espero que os guste, aquí va el prologo.


UNA NUEVA ERA.


Y allí estaba él, que había deseado repudiar al mundo, cuya más alta aspiración era estar solo; él, para quien el deseo de morir era algo más que un deseo, convertido en el protector de un puñado de miserables, obligado a seguir vivo para salvaguardar la vida de otros que, al menos, tenían esperanza. Los envidiaba por ello, a él no le quedaba ninguna, seguía allí por que creía que debía hacerlo, que existía un motivo para todo ello, pero ni sabía cual era ese motivo ni, de hecho, le importaba ya lo más mínimo.

Escuchó pasos a su espalda, sabía quien era incluso antes de que este hablara, podría haberlo achacado a sus nuevas capacidades, pero sabía que esa maldición lo acompañaba desde antes incluso del Cambio y, como siempre, no pudo sino maldecirse por ello, por saber qué ocurriría, y por no poder hacer nada para evitarlo.

-- ¿Sigues decidido a salir ahí fuera y abandonarnos, Ángel Guardián?. Sabes que el consejo se opondrá. – Preguntó una voz a su espalda, indudablemente masculina.
-- El consejo no podrá evitarlo, lo sabes muy bien, esto está más allá de sus competencias... es parte de las mías. Y sabes tan bien como yo que, o encontramos nuevos defensores, o estaremos acabados. Tengo que salir, prefiero morir ahí afuera tratando de hacer mi trabajo, que quedarme aquí, atrapado como una rata en un balde lleno de agua y esperando el inevitable final –
-- Si, lo se, la última partida de salteadores casi superó nuestras defensas, y estuvo a punto de terminar contigo, a pesar de todos tus poderes, hay más gente como tu ahí fuera, ¿verdad?, por eso estuvimos a punto de perderte, por que eran como tu y te atacaron con tus mismas armas. –
-- No, no eran exactamente ‘como yo’, pero algunos tenían sus propios poderes y, de no haberme dado cuenta a tiempo, ahora tu serías un esclavo, o estarías muerto, y yo lo estaría sin duda alguna. –

Ángel se giró hacia su interlocutor, suspirando, y lo miró a la cara, llena de arrugas y surcos típicos de su edad. – Necesito dos hombres, con equipo ligero, que sean buenos moviéndose en silencio y discretos, y que sepan cumplir una orden cuando se la de. ¿Sabes si hay algunos así fuera de la milicia?. –
El hombre lo miró durante unos instantes, quizá fuera el que mejor lo comprendía en el campamento fortificado y, aún así, estaba seguro de que jamás llegaría a penetrar, siquiera durante unos instantes, en los verdaderos sentimientos de quien tenía delante. – Creo que se exactamente a quienes necesitas, ¿les traigo aquí? –
Ángel respondió. – No, acompáñalos hasta la salida del tubo a primera hora de la noche, que lleven víveres para un par de días y algo de material médico, debemos salir pronto, antes de que nadie pueda siquiera imaginar que podría marcharme sin esperar una decisión firme, hoy. –, y despues volvió a contemplar el exterior de las barricadas, hacía lo que una vez, hacía algo más de un año de ello, aún se utilizaba para lo que su nombre indicaba, miró hacía lo que un cartel aún señalaba como 'Autopista M-30' .

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Master del Multiverso, paladín de la barriga, ¡trabaja mucho y no liga!.

Es a otro mundo al que me dirijo, al mundo que lleva en el corazón una carga de dulce amargura, que se deleita con ello y con el dolor de la nostalgia, que ama la vida y se entristece con la muerte, que ama la muerte y se entristece con la vida. Dejad que tenga mi mundo en ese mundo, que me condene o me salve con él.
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MensajePublicado: Mar Dic 26, 2006 8:35 pm    Asunto: Responder citando

CAPITULO I.- La primera búsqueda. (1)


Le sentaba bien el movimiento, le permitía olvidar sus sentimientos y conocimientos por un tiempo. Sabía que no desaparecerían, que estaban ahí detrás, esperando para asaltarle de nuevo pero, por el momento, el simple hecho de tener que concentrarse en vigilar donde ponía el pie, y en prestar atención a cada sonido de su entorno, le mantenían demasiado ocupado como para preocuparse por nada más.

Caminaban ahora por los viales de los trenes de Cercanías o, mejor dicho, por lo que quedaba de ellos. Era el camino más rápido hacia su destino sin quedar completamente al descubierto, y algo le decía que debían apresurarse, que si se retrasaban más sería demasiado tarde, y sabía que debía hacer caso de ese sentimiento, aunque para ello debieran arriesgarse a que alguien, o algo, los descubriera.

En cuanto a sus compañeros, aún siendo jóvenes, ya estaban curtidos en la lucha y el sufrimiento, como todos en esta era maldita. Ángel los observo un momento, pensando en su juventud, en todo aquello que les quedaba por vivir, en que habría personas esperando ansiosas sus regresos, y recapacitando sobre la necesidad de que le acompañaran en aquella búsqueda. Si, no había nada que hacer, los necesitaría si encontraba su objetivo, pero no se perdonaría jamás si los perdía allí afuera. Elevando la vista al cielo por unos instantes, se prometió a si mismo y a su Dios que solo su ansiada y, poco probable, muerte, evitaría que los devolviera vivos y enteros a sus seres queridos.


El ser asomó la cabeza hacia la calle, cubierta de brumas y sumida en la oscuridad, había olido algo, seguro, el dulce olor de la carne humana sin pudrir, y eso lo había sacado de su guarida. Tras unos instantes de espera, un sonido, como de pasos sigilosos, llegó hasta sus afinados oídos, si, no había duda, se acercaba un grupo de ellos. Se sorprendió, no ya solo de que quedara nadie por allí, si no de que incluso se atrevieran a caminar por aquellas calles. Se preguntó que harían allí, ¿habrían venido a cazarlo?, si así era se iban a llevar una sorpresa, los cazadores terminarían siendo las presas. Pero ahora había que moverse, deseaba aquella sangre, pero lo primero era lo primero.

Allí estaban, veía claramente a dos, situados justo debajo suyo, listos para ser sorprendidos, pero había otro olor más allí, debía haber, al menos, un tercero por los alrededores. No, no debía actuar hasta encontrarlo y saber cuales eran sus intenciones, le apetecía jugar un poco y tenía cada vez más hambre, su paciencia se agotaba y, al fin y al cabo, ese otro olor podría no ser si no un cadáver reciente, al que aún no había llegado del todo la rigidez de la muerte. Tras unos instantes, decidió dar una pequeña batida y, si no veía nada raro, hoy cenaría caliente.

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MensajePublicado: Sab Dic 30, 2006 11:14 pm    Asunto: Responder citando

CAPITULO I.- La primera búsqueda. (2)


Talarian empuñó su garrote, la gruesa pata de lo que, en un tiempo, debió ser una sólida mesa, y se puso en posición, esperando el siguiente envite y tratando de proteger, dentro de lo posible, a la mujer que, inconsciente, yacía en el suelo junto a él. Nada les había salido bien en aquella ocasión, se habían arriesgado una vez más y, esta vez sería, con toda probabilidad, la última. Tras todo el día recorriendo las apestadas calles, no habían sido capaces de encontrar nada de comida, o de agua, que no estuviera podrida o estancada. Finalmente, cansados, habían emprendido el regreso, pero aquella maldita niebla, que llevaba meses allí instalada, les había jugado una mala pasada. Era imposible ver el sol a través de ella y, repentinamente, se dieron cuenta de que la luz del día menguaba muy rápidamente, demasiado. Habían pasado más tiempo del que creían buscando y, la noche, como un tigre sobre la caza que acecha, había caído sobre ellos. Se habían apresurado, entonces, a dirigirse hacía su refugio, pero estaba demasiado lejos, pronto se encontraron caminando en la oscuridad y, lo peor de todo, se dieron cuenta de que ‘algo’ se movía con ellos. Estaba claro que aquello no tenía problemas en verlos en la oscuridad, así que decidieron encender la linterna que llevaba en la mochila y continuar su marcha con los sentidos bien alerta. Cada vez más a menudo, mientras caminaban, el ser volvía a dar señales de su existencia, unos pasos furtivos tras ellos, un siseo justo encima suyo. Finalmente, desesperado, Talarian había comenzado a tratar de captar alguna de señal de qué era aquello, utilizando para ello su propia mente, que enviaba repentinamente hacía donde sonaba el último movimiento. Abi le había reconvenido por ello, el ser no se dejaría ver tan fácilmente, y no hacía más que gastar su energía inútilmente.

Finalmente, el ser los había atacado. Antes de que pudieran reaccionar, salió de una grieta en un muro, golpeando a su compañera en una sien y consiguiendo enviarla al suelo del golpe, para volverse hacia él instantáneamente y tratar de derribarlo. Por suerte, un rápido salto hacia atrás lo dejo fuera del alcance de la criatura, lo que le permitió observarla. Era un ser humanóide, pálido y de porte enjuto y aparentemente escuálido, Abi gritó entonces un nombre, pero él se negaba a llamarlo así, no podía ser, tales seres no existían... aunque, lo mismo habría dicho de muchas otras cosas que había visto recientemente, pero no, no quería creer a sus propios ojos. El ser volvió de nuevo su atención hacía la mujer, que en ese momento agarraba su mangual, dispuesta a golpear, y la dejó inconsciente de un brutal golpe en la barbilla. En ese momento, Talarían había utilizado sus nuevas capacidades, se escuchó un estampido y una onda de choque derribó a aquel ser, alejandolo de su amada. El ser desapareció antes de que pudiera hacer nada más. Ahora Talarian esperaba su regreso, estaba seguro de que volvería, agarró fuerte el garrote y el escudo, y se concentró en crear una protección a su alrededor que pudiera darle una oportunidad frente a su adversario.



El ser podía ver perfectamente al humano que le había herido, en aquel momento había huido, más sorprendido que asustado, para replantearse su estrategia. Aquel hombre parecía tener extraños poderes, pero notaba claramente su miedo, el olor lo delataba claramente. Decidió en apenas unas décimas de segundo, era un humano, solo y asustado, por muchos poderes que pudiera tener, no debía permitirle utilizar sus aptitudes para reforzarse a si mismo, debía atacar de nuevo inmediatamente.

Salió corriendo desde las brumas, dirigiéndose directamente hacía su presa. Esta, descubriendo su acercamiento, volvió a realizar aquel extraño movimiento que provocaba que casi le estallaran los oidos, pero esta vez estaba preparado, y esquivó fácilmente la onda de choque que se acercaba. Había llegado frente a él antes de que tuviera tiempo de recuperar una posición defensiva adecuada, estaba al descubierto, y era el momento de aprovecharlo, lanzó su mano, con largas uñas en los dedos, hacía el cuello desprotegido del humano, pero topó con algo invisible en el camino, algo que le restó fuerza al impulso del ataque y propició que, lo que hubiera sido un ataque mortal, solo hiriera al humano. Aún así, casi había logrado su objetivo, la herida era grave, y el humano se tambaleó por el dolor, pronto la perdida de sangre acabaría con el, y podría cenar a gusto. Pero que hambre tenía, no quería esperar más, se lanzó contra el escudo del debilitado humano y lo derribó al suelo, de inmediato saltó sobre el, viendo con placer como parecía perder el sentido. El ser alargó de nuevo la mano hacía el cuello del hombre, dispuesto a terminar con el definitivamente cuando, repentinamente, volvió a salir despedido por los aires y cayó al suelo con un ruido sordo. Miró a su alrededor, algo aturdido, no era la mujer, que seguía inconsciente a unos pasos, y el hombre acababa de perder el sentido, pero entonces ¿quién, o que, lo había atacado?.


– Justo a tiempo –, dijo el Ángel.

Tras aquello, pareció querer desenvainar un arma que llevara a la espalda, y donde no se veía ninguna. Los dos jóvenes se preguntaron que ocurriría ahora. Cuando el Ángel terminó de hacer el movimiento, sin embargo, observaron un tenue brillo, apenas un titileo, que parecía surgir de sus manos, y que tenía forma de espada. Apenas tuvo la fantasmal arma frente a sí, Ángel se lanzó contra el ser, lanzando su curioso grito de guerra – Jerónimooooooooooooo –, resonó en el ambiente – Vamos, chicos, a por él –, los dos lo siguieron al instante y, aún así,. la ventaja que les llevaba era ya enorme, aquél Ángel corría como un Fórmula uno, en los tiempos en los que aún había tales artefactos, ya casi había llegado junto a aquello, que se levantaba en esos instantes.

Ángel saltó, tratando de cortar en dos al ser con la espada de fuerza que había creado, antes de que este tuviera tiempo para defenderse. Sin embargo, aquel ser era más rápido de lo que creía, se echó rápidamente hacía un lado, aunque no tanto como para llevarse un buen tajo en un brazo que, para sorpresa de Ángel, comenzó a curar de inmediato. ¡Aquel maldito engendro del infierno se regeneraba!. El miedo hizo presa en el ánimo de Ángel, no sabía cuanto tiempo podría mantener su arma de fuerza, sabía que el cansancio pronto haría mella en él, y entonces todo estaría perdido. De pronto, se vió a si mismo como el ser que tenía enfrente, vagando eternamente, vivo pero muerto, el miedo desapareció al instante, una rabia ciega brillaba en sus ojos, no, nunca terminaría así.

– ¡¡JAMÁAAAAAAAAS!! – escucharon gritar los dos compañeros al Ángel, levantaron la cabeza, sorprendidos por el dolor y la rabia que desprendía el sonido, y vieron un espectáculo que no olvidarían en su vida. El Ángel bailaba en torno a aquel ser como si fuera un torbellino, lanzando un golpe tras otro con su espada fantasmal, que ahora brillaba con una luz potente, y abriendo un corte tras otro en el cuerpo de la criatura, que parecía incapaz de alcanzar a su extraordinario compañero, pues cada vez que sus afiladas uñas se dirigían hacia un punto, este ya había sido abandonado por él. De pronto, la criatura pareció cambiar de táctica, limitándose a esquivar la hoja de la espada, pero eso no fue suficiente, el Ángel, que parecía haber previsto aquello, lanzó en ese momento una increíble patada contra el pecho de la criatura que, claramente sorprendida de no enfrentarse de nuevo a la espada, no pudo evitarla, y salió despedida contra una pared, contra la que se estrelló. En ese momento, el ser pareció desvanecerse en una especie de extraña neblina, desapareciendo de la vista.

Ángel se dejó caer de rodillas en el frío suelo, había conseguido que la criatura huyera, pero estaba prácticamente agotado, le ardían los pulmones debido al frío y la humedad, y las piernas le pesaban repentinamente como si sus huesos fueran de plomo, pero había conseguido que aquello huyera. Quería tumbarse, tumbarse y descansar, aunque fuera allí mismo, en mitad de aquel lugar desolado, pero no podía, si no se equivocaba, el peligro aún no había pasado, y es posible que hubiera cosas que hacer con urgencia. Se acercó a los cuerpos que yacían en el suelo, – si –, se dijo, eran ellos, los reconocía. Uno de los cuerpos, el de la mujer, tenía un feo chichón en un lado de la cabeza y estaba inconsciente pero, aparte de eso, parecía viva. El cuerpo del hombre, sin embargo, tenía un feo corte en el cuello, un corte por el que, si no se equivocaba, debía estar saliendo la sangre destinada a regar el cerebro, tenía que actuar enseguida.

El asombro de los jóvenes no hacía si no crecer a cada momento, habían escuchado muchas historias sobre los poderes y capacidades del Ángel, pero siempre habían pensado que estaban bastante exageradas, aquello, sin embargo, superaba con creces todo cuanto hubieran podido imaginar. Tras acabar con el ser, el Ángel se había acercado al hombre tendido en el suelo y, tras frotar sus manos ente si con fuerza, las había situado sobre el sangrante cuello de este, mientras murmuraba unas palabras. Atónitos, habían visto como el corte del cuello se cerraba hasta no quedar más que una cicatriz. Tras ello, el Ángel les había ordenado vendar la herida y cargar los cuerpos de los dos heridos inmediatamente, les dijo que el peligro aún no había pasado y que debían abandonar la zona cuanto antes. En ningún momento se les pasó siquiera por la cabeza pedirle al Ángel que los ayudara a cargarlos, pues su aspecto parecía el de alguien a punto de desfallecer, su piel se veía grisacea, y unas grandes bolsas habían aparecido bajo sus ojos, parecía agotado hasta la extenuación. Posteriormente, cuando por fin se detuvieron a descansar y le preguntaron, el ángel dijo no recordar nada de su pelea con aquel ente, solo hizo un comentario, que les heló la sangre en las venas.
– Siempre pensé que Vallecas era una guarida de vampiros, lo que nunca imaginé es que terminara, literalmente, transformándose en una. –
Después de aquello, se hecho en el suelo y se durmió al instante, ellos echaron a suertes quien haría la primera guardia, y se prepararon para pasar una fría noche de febrero al raso.

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MensajePublicado: Mie Ene 31, 2007 8:54 pm    Asunto: Responder citando

CAPITULO I.- La primera búsqueda. (3)


De nuevo volvía a dolerle la cabeza, y se preguntó por qué, había pasado los dos últimos días encerrado en una habitación, enfermo, pero creía estar ya completamente recuperado. Ahora tenía que aguantar allí, escuchando a aquellos pseudoburócratas que ya comenzaban a sentirse a gusto en el cargo. El rescate de aquellos dos había sido un éxito, si, pero le había debilitado considerablemente. Desde que llegó, temblando por la fiebre y apenas teniéndose sobre sus piernas, había tenido mucho tiempo para pensar en su reacción ante el vampiro. No podía engañarse a si mismo, el miedo era una parte de lo que le había impulsado en aquel combate, pero no lo más importante, no. El impulso principal había sido el odio, un odio que no se había creído capaz de sentir a estas alturas. Era por ‘cosas’ como aquella que él debía seguir vivo, mientras personas que valían mucho más estaban muertas. Era por ‘cosas’ como aquella que él no podía seguir los pasos de aquellas personas, introducirse en un sueño eterno y descansar, o pasar a lo viniera después, ya fuera otra vida o el olvido eterno, y un nuevo ataque de aquel odio irracional lo atravesó como una centella dejándolo, de nuevo, un poco más débil que antes.

Por fin le pidieron que hablara, que ‘explicara’ sus motivos para que ellos pudieran decidir su castigo. Una sonrisa cínica cruzó su rostro un instante, como si tuvieran la posibilidad de castigarle. Tendría que hacer algo respecto al consejo, pero aún no, ahora había cosas más urgentes.

Cuando comenzó a hablar, apenas reconoció su propia voz, aún le resultaba molesto, casi doloroso, el respirar con la fuerza suficiente para hablar, y se sentía incapaz de subir el tono a su volumen normal, decididamente aún no estaba recuperado. – ¡Maldita sea, jefe! –pensó,– ¿para que demonios me encargas una misión, si luego no me dejas cumplirla?.

–Buenas tardes, miembros del consejo –comenzó–. Les he escuchado atentamente, y creo que aún no son, o no quieren ser – esto hizo que algunos airados murmullos surgieran de las personas sentadas frente a él–, conscientes de lo que ocurre, ni de la gravedad de la situación en la que se encuentran.

–¿A que situación grave se refiere, ángel guardián? –Interrumpió uno de los consejeros, un hombre alto, con una cicatriz en la frente en forma de rayo y un tono de voz bastante agudo–. Por que la única situación ‘grave’, que yo, o cualquiera de los miembros del consejo, hemos visto, ha sido el abandono de sus obligaciones para ir a buscar a esos dos... zarrapastrosos, dejando la colonia sin protección alguna y, peor aún, sin el consentimiento del consejo.

De nuevo surgieron los murmullos aunque, en este caso, de aprobación. Ángel recorrió a los miembros del consejo con la mirada, notando quienes parecían haberse rendido a las palabras de Augusto, y quienes continuaban con el entrecejo fruncido y parecían pensativos.

Ángel no quiso evitarlo, sabía que esto le pondría aún más en contra a Augusto, pero ya era hora de que el resto del consejo comenzará a saber como veía él a ese hombre, y que comenzaran a pensar en lo que significaba. –¿Es que haya dejado la colonia sin protección lo que le preocupa, consejero, o que le haya dejado sin protección ‘a usted’? –.

–¡No tienes derecho a decir eso de mi, retíralo inmediatamente y pídeme disculpas!, ¿¡acaso crees que por tener poderes y ser ‘especial’ puedes ir soltando mentiras como esa sobre los demás!?–. Comenzó a gritar el consejero, al mismo tiempo que se formaba una buena algarabía al levantarse otros consejeros. y comenzar también a expresar su indignación o, unos pocos, a reírse de que alguien le hubiera dicho a Augusto lo que ellos mismos pensaban, y no podrían decir.

Comenzó a escucharse un golpeteo rítmico y sonoro, al tiempo que una voz gritaba. –¡¡BAAASTAAAAAA, SILEENCIOOOO!!. ¡Ya está bien, se acabó he dicho! –. La que así trataba de imponer orden era una mujer de mediana edad, con el cabello bastante canoso y que, en su juventud, debió ser muy hermosa. –¡Siéntense todos, ya!. ¡Esto no nos lleva a ninguna parte!. ¡ángel guardián, no creo que hacer acusaciones sea la mejor forma de explicarnos nada!. ¡Augusto, recuerda con quién estás hablando, y que le debes un respeto!.

–Gracias, señora presidenta, pido disculpas al consejo, y especialmente al consejero Augusto, mis comentarios han estado fuera de lugar–. Se disculpó Ángel, mientras el resto del consejo volvía a sus asientos. Ángel hizo una pequeña pausa, esperando que Augusto dijera algo, pero este se limitó a sentarse y mirar hacia el frente, como si se encontrara el solo. Viendo que Augusto no tenía intención de intervenir, Ángel continuó.

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MensajePublicado: Mie Feb 14, 2007 11:34 pm    Asunto: Responder citando

CAPITULO I.- La primera búsqueda. (4)

—Bien, consejeros, como ustedes saben, y deberían recordar, no existe en esta comunidad, un solo miembro que no me deba, ya sea directa o indirectamente, la vida. En algunos casos, son personas a las que salvé directamente de ser asesinados, violados, masacrados o, simplemente, dejados morir por sus propios familiares por no poder mantenerlos. Estos fueron, principalmente, los primeros moradores de esta colonia, gente sin nada, en algunos casos ni siquiera esperanza para luchar por alimentar a los suyos. A esta gente yo les di algo, les demostré que podían sobrevivir, que el peligro seguía existiendo, pero que tenían una oportunidad. – Las caras de los consejeros, en su mayoría, demostraban ahora concentración y, quizá, un cierto bochorno, pues había allí más de uno que recordaba aquellos primeros meses.—En aquellos primeros tiempos, nadie me pedía ‘protección’, nadie pensaba que era mi ‘obligación’ estar allí en todo momento, me debían la vida, y sabían que, si yo no estaba con ellos, era por que había salido a por algo necesario, comida, agua, materiales de construcción o, simplemente, más gente. Posteriormente, comenzaron a llegar pequeños grupos, o incluso individuos, solicitando ser admitidos entre nosotros. También ellos me deben la vida, aunque no sea directamente, todos saben que, si yo no hubiera estado aquí cuando estaba, todos estarían muertos, o serían esclavos, o parte de un harén... o cosas peores. Pero esas personas, se encontraron con que parecía ‘defender’ la colonia, y asumieron que era mi trabajo, que debía estar subordinado a ellos en mi tarea de protección y no dejarla jamás.

Aquí, Ángel hizo una pausa, su mirada era ahora desafiante, tensa como la de un halcón, su espíritu se elevaba hacía el techo con el ardor de su fría cólera y, cuando retomó la palabra, aunque no había subido el volumen de su voz, está resonó como un trueno por toda la cámara. —¡Pues bien, se equivocan!. ¡Este no es mi trabajo, no lo ha sido jamás, no recibo una paga por él, y no la aceptaría si me la dieran!. ¡La compasión y la necesidad son mis motivos, junto a algo que ni yo mismo termino de comprender bien!. ¡Hago esto por que quiero, no por que alguien me lo ordena!. ¡Esta no es mi obligación, y pobre de aquel que traté de imponérmela como tal, o de ‘castigarme’ por no hacer algo que no tengo por que hacer, por que ese ‘alguien’ se encontrará fuera de esta colonia de una patada en el culo incluso antes de poder sentir que se la he dado!. —El consejo lo miraba ahora con mudo asombro, algunos con orgullo, otros con temor, pero todos con reverencia ahora. Las últimas palabras se habían sentido como cañonazos salidos de su boca, mientras el ángel parecía crecer ante sus ojos.

Más tranquilo ahora, sintiéndose a gusto por primera vez desde que comenzó a hablar, y una vez expulsada toda aquella mala leche que tanto tiempo llevaba creciendo dentro de él, Ángel continuó, seguro de que no sería interrumpido hasta que terminara y de que, al menos por un tiempo, se habían acabado las tonterías. —Como todos ustedes saben, las últimas incursiones de los salteadores has sido extraordinariamente duras, llegando en algunos casos a peligrar seriamente mi vida, solo la buena fortuna y mis habilidades especiales me han permitido sobrevivir a ellas, y a muchos de ustedes conmigo. Sin embargo, esto me preocupaba cada vez más, llegaría un día, sin duda, en el que se me acabaría la suerte o me enfrentaría a alguien demasiado superior, debía encontrar una solución.— Aquí Ángel hizo otra pausa, como sopesando muy bien lo que estaba a punto de decir, y sabiendo que muchos no le creerían. —Hace ahora cuatro noches, mi Dios me... ‘habló’, no se explicarlo mejor, me dijo a quienes debía buscar y como encontrarlos, y no solo eso, me indicó que debía darme toda la prisa que pudiera, o sería demasiado tarde. Decidí salir cuanto antes, y lo organicé todo lo más secretamente que pude, pues si el consejo se enteraba, tendría que dar explicaciones o trataría de impedírmelo impidiendo que nadie me acompañara, y entonces hubiera sido demasiado tarde, o yo no habría conseguido traer a esos dos con vida. Y esa, señores consejeros, es mi historia, si tienen preguntas, estaré encantado de respondérselas lo mejor que sepa.

—Si, yo tengo una, o dos, ángel guardián.— Comentó un hombre de aspecto anciano sentado en una de las últimas filas.

—Adelante, Matías, pregunta.

—Muy bien, gracias, dices que tu ‘Dios’ te habló, y que te ordenó buscar a estos dos. Ahora bien, ya llevan aquí dos días, bajo los mejores cuidados que se les puede dar, incluidos los tuyos propios, y aún no han dado ni una sola señal de recuperación. Los dos siguen sumidos en, lo que parece ser, un profundo sueño, no hablan, no despiertan, casi no se mueven, debemos obligarles a comer y beber. Y yo me pregunto, si tanta prisa tenía tu ‘Dios’ en que trajeras a esos dos para ayudarte , ¿por qué parece ahora querer mantenerlos inactivos, sin más utilidad para nadie que la de consumir nuestras provisiones y ocupar personas en su cuidado?.

Ángel miró con atención al anciano, este había expresado, exactamente, las mismas preguntas que rebotaban por su cabeza una y otra vez, por qué, por qué... y se dispuso a contestar a su interlocutor.

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MensajePublicado: Mie Feb 21, 2007 11:47 pm    Asunto: Responder citando

—Bien, debo decir que, lamentablemente, mi Dios no suele ‘darme sus razones’, pero se, y en este caso desde luego acertó, que cuando me pide que haga algo, suele tener razón. ¿Por qué no ha permitido que ellos despierten?, pues no lo se, pero sospecho que tiene relación con la extraña debilidad que me ha mantenido dos días, no ya solo inactivo, si no sin poder continuar con lo que me pidió. Por que, consejeros y consejeras, esos dos que ahora duermen en nuestro dispensario no son los únicos que mi Dios me ha pedido que encuentre, como ustedes parecen creer. Hay otras tres personas más que debo encontrar cuanto antes y, veo por sus expresiones que adivinan lo que les voy a decir, si, en cuanto esté recuperado saldré a buscarlos.—

—Pero...— interrumpió Augusto —pero eso significa que nos volverás a dejar sin tu protección, ¿no es así, ángel guardián?—

—Si, consejero, así es. En esta ocasión no llevaré a nadie conmigo, espero que no sea necesario. Mañana, al anochecer, si veo que estoy en condiciones físicas para ello, saldré en busca de la siguiente persona que es preciso encontrar.—

Levantándose, la presidenta del consejo tomó la palabra. Era esta una prerrogativa única para el cargo de cabeza del consejo, cuando la persona al frente de este se levantaba, todos los demás, ya fueran consejeros o invitados, debían guardar silencio y escucharla. —¿Estás pues, ángel guardián, decidido a marcharte, tanto si el consejo accede a ello como si no, o incluso si el consejo te pidiera que no fueras?.—

—Si, señora presidenta, lo estoy— respondió Ángel.

—En ese caso, no veo necesidad de continuar alargando esta comparecencia. Todos estamos cansados, y aún hemos de decidir quien dirigirá la milicia en tu ausencia, que esperemos sea lo más corta posible. Así pues, si nadie tiene nada que objetar solicito, ángel, que te retires para poder llevar a cabo la discusión y votación correspondientes.— tras esto, recorrió a los presentes con sus cansados ojos, por si alguien quería añadir algo y, tras comprobar que no era el caso, le hizo una señal al ángel para que se retirara.

Ángel se inclinó un poco en señal de respeto. —Presidenta, señores consejeros.— y se retiró, atravesando parte de la sala hacia una pequeña puerta lateral, en cuya parte superior aún había un cartel fosforescente que indicaba ‘SALIDA’ sobre otro que ponía ‘gracias por su visita al IMAX MADRID, hasta pronto’. Ángel no volvió la mirada, mas, si lo hubiera hecho, no hubiera dejado de notar la mirada de la presidenta, clavada sobre él, hasta que desapareció bajo el arco de la puerta, una mirada llena de pena y preocupación.

Hacía un par de horas que había anochecido, ángel se encontraba dedicado a fregar los platos que acababa de utilizar en la cena, cuando una sobria llamada en la puerta de su cubículo interrumpió su tarea. Ángel terminó de secar el plato que tenía en las manos y se dirigió a la entrada. Cuando abrió la puerta, se encontró con que al otro lado estaba una mujer que conocía muy bien.

—¡Señora presidenta, pase, pase, por favor!, ¿qué le trae a mi casa, le apetece tomar algo?.— aunque una curiosa sonrisa le ribeteaba los labios.

—¡Oh, vamos, Ángel, déjate de formalidades y paparruchas, como si no supieras que las detesto!.¡Y si, puedes ponerme un poco de ‘eso’ que haces fermentar para curar heridas, y para que algunos nos calentemos en las noches frías, como pago por el mal rato que me has hecho pasar esta tarde, desgraciaó!.— El tono era de reproche, pero la sonrisa pícara que teñía su boca desmentía absolutamente esta actitud.

—Ja, ja, ja, ja, ja, por supuesto, Leire, por supuesto, pasa y siéntate, ahora voy con un vaso.— Respondió este, repentinamente de buen humor, mientras se dirigía a unas estanterías y metía un brazo en un hueco de la pared.
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El Señor de Los Roleos


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MensajePublicado: Sab Mar 03, 2007 9:15 pm    Asunto: Responder citando

CAPITULO I.- La primera búsqueda. (5)


La noche se encontraba bastante avanzada, tras un primer vaso había venido un segundo, y tras este un tercero, que ahora reposaba, aún sin vaciar completamente, en una mesa situada entre los dos contertulios. La conversación, que había sido animada durante toda la velada, se encontraba ahora en un intermedio. Ángel sabía que Leire solo estaba buscando el valor para decirle lo que realmente la había llevado allí esa noche, pero no trató de forzarla a hablar, disfrutando de la poco habitual camaradería en silencio, y sabiendo que ese momento no tardaría en pasar.

—¿Por qué quieres morir, Ángel?.— Espetó repentinamente la mujer —No lo entiendo, desde que te conozco no has hecho sino jugarte el cuello por nosotros, una y otra vez, cada vez con más ahínco y determinación. Y ahora, esta ‘empresa’ de buscar a estas personas, el ir tu solo. ¡Oh, si, es un encargo de tu Dios!. Pero eso no significa que tengas que matarte por necesidad. ¡Y no me digas que no, me han contado tu pelea contra aquella ‘cosa’, y esa no es la forma de pelear de alguien que quiere ganar, es la de alguien que quiere morir!. ¿Por qué, Ángel?, hace ya más de un año del Gran Cambio, la vida es dura, cierto, pero hemos conseguido salir adelante, prosperar incluso. ¿Que hace que seas el único aquí que no parece querer nada del futuro?. Te tengo mucho aprecio, Ángel, como muchos de los que hay aquí, y a ninguno nos gusta verte así, cada vez más triste, más retraído, pero aún menos nos gustaría tener que llorar tu muerte por algo que ni siquiera entendemos. No queremos que te marches, Ángel, se que es probable que no te haga cambiar de opinión, pero, por favor, piénsalo, piensa en todos los que hay aquí que, sin darnos miedo luchar, no queremos perderte así. Por favor, no te vayas.— El tono de su voz había ido cambiando según hablaba, comenzó iracundo, enojado, para terminar en un sollozo, mientras pugnaba por que unas ardientes lágrimas no llegaran a mojar sus arrugadas mejillas.

Ángel observó a su amiga por un instante, emocionado por primera vez en mucho tiempo, se levantó y la estrechó en sus brazos, sin decir nada, aún no, solo consolándola con el mero contacto. Esta apretó la cabeza contra su pecho y, finalmente, dejó que las lágrimas fluyeran sin más control. Tras unos instantes, se tranquilizó un poco y, separándose de Ángel, lo miró a los ojos.

—¿Lo harás, por favor, te quedarás con nosotros? — Es todo lo que dijo. Para Ángel fue casi como toda otra vida hasta que la contestó. La miró a los ojos, y vio estos pasar de la esperanza a, de nuevo, el dolor y la tristeza según estos adivinaban cual sería la respuesta.

—No, no lo haré, pero si quiero contarte algo que, quizá, te tranquilice, pero debes prometerme que jamás le dirás a nadie nada de lo que te voy a contar, al menos hasta que yo haya regresado—.

—Adelante—. Fue toda la respuesta de la mujer, mientras se separaban y volvían a sus asientos.

Ángel cerró los ojos un momento, tratando de buscar una forma adecuada de comenzar su explicación. Tras unos instantes, comenzó. —Verás, Leire, no puedo explicarte todo lo que sé, o sospecho, eso llevaría demasiado tiempo. Estoy cansado, Leire, cansado de levantarme cada día, cansado de ver sufrir a personas que aprecio, y de estar convencido de que, hagan lo que hagan, sus sufrimientos solo van a ir a peor. Si, Leire, no veo ninguna esperanza, si mis sospechas son ciertas, nada de lo que hemos hecho sobrevivirá mucho más, aquello a lo que nos enfrentamos solo busca una cosa, nuestra total y absoluta destrucción, ya sea luchando o sumisamente, y es poderoso, Leire, mucho más de lo que puedas imaginar. Si lucho es por que me niego a tirarme en el suelo y reptar, suplicando una muerte rápida, me iré, si, pero cuando lo haga, quiero poder ir a lo que haya más allá, sea lo que sea, el olvido, otra vida, el infierno o lo que sea, con la cabeza bien alta...—

—Creía que eras cristiano, deberías ir al cielo o al infierno, ¿no?— Interrumpió la mujer.

—Existe una diferencia entre ‘creer’ y ‘saber’, yo ‘creo’ en ellos, pero no ‘se’ si existen. Ha sido el problema que han tenido todas las religiones desde el comienzo del mundo, es que sus seguidores interpretaban que ‘creer’ es lo mismo que ‘saber’, y de ahí todas las guerras, persecuciones y horrores provocados por ellos. En fin, que me estoy desviando, yo no veo esperanza para mi, he visto demasiado como para sentirme a gusto viviendo. Pero esa esperanza debe existir, al menos para vosotros, y por eso la misión que se me ha encomendado. ¿Quieres esperanzas, Leire?. Yo te las doy, encontrar a esos dos me lo permite, aunque a mi sigan sin quedarme, mis esperanzas pasan por las que os pueda dar a vosotros, y para ello debo llevar a cabo esta búsqueda antes de que sea demasiado tarde. ¿Lo entiendes?.—

—Si, creo que si, aunque no me pidas que me guste. Sin embargo, sigo sin entender el papel de esos dos, ni por qué esas personas te dan la esperanza de darnos esperanzas para nosotros.—

Ángel no respondió, pero pareció perder algo de color en su cara por unos instantes. —Es tarde, Leire, debo descansar si quiero salir mañana, y seguro que tu tendrás cosas que hacer mañana temprano.— Comentó mientras se levantaba y comenzaba a dirigirse hacia la puerta, con la mujer siguiéndolo. —Solo te diré una cosa más, algo que tampoco debes decirle a nadie, ya se enterarán cuando sea el momento. Mi Dios no me dijo ‘quienes’ eran esas personas, solo me dijo ‘cuando las veas, las reconocerás’, y eso ha resultado ser más cierto incluso de lo que yo pensé en aquel momento, amiga mia, ya que ‘conozco’ a esas dos personas y, por supuesto, las reconocí en cuanto las ví.—

—¡¿Qué?, pero eso, eso…!— Exclamó sorprendida.

—¡Chist, chitón!. No te diré más, al menos por ahora. No sé por qué, ellos, solo tengo algunas sospechas, junto con quienes son los demás que debo encontrar, si estos eran los primeros. Pero explicarte lo que pienso y por qué lo pienso llevaría, como ya te he dicho, demasiado tiempo. Solo quiero pedirte una cosa, que confíes en mi, y sabes que no te he fallado nunca, ni a ningún otro, ¿lo harás?, por favor, ¿Confiarás en mi?. — Y, mientras decía esto, abrió la puerta de su cubículo. La mujer la atravesó, con aire pensativo y algo cabizbaja, miró hacia afuera, hacía la oscuridad que solo rompía alguna que otra luz en unas pocas ventanas. Se volvió y contestó.

—Parece que no me queda otra alternativa, amigo mio. Hasta mañana, Ángel, descansa bien.— Tras esto, se dio la vuelta y avanzó, adentrandose en la oscuridad de la noche. Ángel pasó algunos minutos en la puerta, pensando y admirando el, para él, siempre tranquilizador paisaje estelar. Finalmente, y con un largo suspiró, se introdujo en su vivienda, cerró la puerta y se acostó.

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