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Parte 1: Presentación y la casa del viejo.

 
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Claudia
Jedi


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MensajePublicado: Sab Ene 31, 2009 3:13 am    Asunto: Parte 1: Presentación y la casa del viejo. Responder citando

((A ver, este es un relato que estoy empezando a escribir, en que voy a meter únicamente de forma espontánea -así lo tengo pensado en un principio- a un par de personajes diversos de las novelas de Anne Rice, para darle emoción a la cosa, ya que tanto las crónicas vampiricas como las brujas Mayfair acabaron... esto es como una especie de continuación, pero sin serlo, ya que es una historia completamente ajena a ellos, pero una pequeña escena con alguna mención especiel no les haría mejor honor... ANNE RICE SIEMPRE!))









Parte 1: Presentación y la casa del viejo.







La primera vez que vi a Gabriel yo caminaba entre el bullicio de la gente, un viernes por la noche, en el centro de Nueva Orleáns.
Había muchísima gente en la calle, se notaba que el verano amenazaba con volver, y muchos se apiñaban frente a bares nocturnos, cafeterías lujosas y demás locales de gran atractivo para la gente en aquélla época del año.
La música Jazz sonaba desde todos los rincones, y yo tenía algo de prisa, porque debía ir a buscar a mi tía Helen del salón de juegos y dejar a Micky en casa de su abuelo antes de las diez.
Entonces le abrieron paso un par de turistas, y él les sonrió con suavidad al tiempo que continuaba caminando a paso tranquilo. Era un hombre muy atractivo, pensé, esa melena de color cobrizo oscuro le hace aún más llamativo. Su porte esbelto encajaba a la perfección con su traje elegante.
Cuando le tuve a tan sólo unos centímetros escuché que me decía algo así como “Cherie” y que hacía ademán de dejarme pasar. Sus ojos violeta se clavaron en los míos y por un momento llegó a parecerme que sonrió levemente.
Pasó por mi lado, y sentí el roce de su chaqueta de lino contra mi brazo, ya que yo llevaba una camiseta sencilla de tirantes. Un suavísimo roce, casi insignificante, pero que bastó para hacer que el vello se me pusiera de punta y se me cortara ligeramente la respiración.

Al principio no me atreví a volverme para mirarle, pensando que sería una estupidez el importunar con aquél gesto a un hombre tan elegante y sutil, que seguro no estaría acostumbrado a los abiertos modales de las chicas de clase media baja del estado de Lousiana.
Pero entonces pensé “¡Al cuerno!” y me volví, pero él ya se había ido o al menos había desaparecido de mi campo de visión de entre el mar de gente que caminaba, reía y saltaba a mi alrededor.

Nueva Orleáns, sin lugar a dudas, era la ciudad del placer gastronómico, el Jazz y la fiesta. Era mundialmente conocido por su Mardi Gras, eso estaba claro, pero a parte de sus fiestas de Carnaval, la gente lo conocía y le gustaba ir por el hecho de que parecía que la ciudad nunca dormía.
De derecha a izquierda podía ver a gente de todas las clases sociales, como a turistas de todas las partes del mundo, y mi amada ciudad acogía, en gran número, a muchas familias de orígenes no puramente estadounidenses que se habían formado allí.
El multiculturalismo era más que vigente, y por doquier se podía ver hasta en la arquitectura. Muchos edificios tenían toques puramente españoles, mientras otros se inclinaban más a hacerle “la pelota” al capitalismo actual. Muchos habían sido “remodelados” , pero aun conservaban su encanto.

Os cuento esto por el hecho de que, a pesar de yo ser estadounidense, las raíces de mi familia se remontaban a la España de los reyes católicos y muchos de mis antepasados habían viajado hasta aquélla ciudad cuando los españoles tomaron el mando durante un periodo de tiempo que duró cuatro décadas.

También cabe esperar que diga que, aunque mi familia tenga raíces puramente españolas, cuando la mayor parte de mis antepasados se instaló en la ciudad, muchos de ellos mezclaron su sangre con la de los franceses, y más tarde (cuando tuvimos las plantaciones) a su vez se mezclaron con la sangre de los esclavos que vivían en las dependencias.

Por lo tanto no es raro que en mi familia salga algún niño negro que otro o un mulato de una unión entre dos blancos (cosa que ha dado lugar a muchos quebraderos de cabeza por parte de algunos de los hombres de mi familia).

Nuestras raíces francesas también son más que vigentes, y de ahí que uno de mis múltiples apellidos sea el de Lafouret, un apellido único en el mundo de una familia única en el mundo que existió en tiempos de Napoleón Bonaparte, según me había informado. Al parecer una de mis antepasadas españolas, Sandra Gómez de Gonzalo, contrajo matrimonio con un General francés llamado Pierre Lafouret, y éste quiso que sus hijas (sólo tuvieron 4 niñas) llevaran todas su apellido, llevando así a la extinción al apellido español que nos correspondía, y con él se perdió la mayor parte de la información que habría podido conseguir de haber conservado el apellido, pues podría haber averiguado quienes eran actualmente los familiares que tenía en España.

De modo que podéis imaginaros más o menos de dónde vengo y quién soy con ésta breve pero concisa descripción de lo que ha sido mi familia hasta el momento.

Pero prosigamos con la historia.

Seguí avanzando rápidamente entre la gente y me metí por uno de los callejones que llevaban hacia el distrito comercial. Hacía muchísimo calor, pensé.
Atravesé el distrito comercial y continué andando con rapidez, hasta que me planté justo delante de un salón de juegos, con sus lucecillas parpadeantes y sus sonidos constantes, procedentes de las máquinas tragaperras.
Los ludópatas hacían cola para pedir cambio por sus billetes y algunos daban golpes contra las máquinas cada vez que la suerte parecía abandonarles, aunque, para la pinta de fracasados que tenían la mayoría, yo diría que no habían tenido suerte en su vida.

Entré en el establecimiento y busqué a mi tía Helen. Seguramente estaría en una de esas máquinas tragaperras del fondo. Sí, ahí estaba.

- Tía Helen, Lucille me ha mandado a buscarte - dije, colocándome a su izquierda frente a la máquina.
- Dile a tu madre que no hacía falta - contestó, aunque parecía ausente.
- Es que yo quería venir a buscarte, Tía Helen, llevas aquí todo el día y te estás fundiendo el dinero de la pensión - dije entre dientes.
- ¿Qué dices, querida? No te oigo bien.
- Que llevas aquí todo el día y te estás fundiendo el dinero de la pensión - alcé un poco la voz, consciente de que a veces no podría oírme por el sonido de la tragaperras.
- Ya iré luego, cielo - contestó mientras metía una nueva moneda en la ranura de la máquina-

La Tía Helen era una mujer atormentada que había vivido toda su vida bajo el puño y la ira aterradora de mi difunto Tío Henry. Cuando Henry murió ella no tuvo ni idea de salir adelante y se dio a la ludopatía, y de esto hacía más de un año. A veces teníamos que meterla en casa a vivir porque se había quedado sin blanca.
Era una mujer encantadora, bastante más mayor que Lucille, mi madre, pero que había estado tan sometida por el hijo de perra de mi tío Henry durante tantísimos años que ya no sabía vivir de otra forma ni cuidar de si misma.
Sus ojos jamás habían tenido el brillo de la felicidad, y si lo habían tenido alguna vez fue el día de su boda, cinco días antes de que Henry se largara con otra y los abandonara a ella y al bebé durante un mes.
Michael o, como nos gustaba llamarle, Mickey, era su hijo, un niño precioso que, con tan sólo quince años, ya nos daba mil vueltas a mi o a Cintia (una amiga que iba conmigo al colegio antes de verme obligada a abandonarlo) en cualquier tema relacionado con arte, cine o música, y quería ser alguien de mayor, algo así como un político. Era un buen chico.

- Vamos, Tía Helen, tenemos que marcharnos, Mickey tiene que estar en casa de su abuelo antes de las diez o el viejo nos cerrará la puerta - La sacudí por el hombro al ver que ni siquiera hacía un esfuerzo por prestarme atención.
- Cielo ¿por qué no vas tú a dejar a Mickey sin mi? Hablaré con el abuelo mañana, pensándolo mejor. Puedes ir sola.
- Pero no quiero ir sola. Sabes que no le aguanto, ni aguanto el como se comporta con Mickey, y si Mickey se queda con él esta noche es porque tu te quedarás también - contesté, furiosa.
- Te he dicho mil veces que si ese viejo loco le pone un dedo encima a Mickey no me costará nada hacer que lo internen y quedarme con la casa, y él mismo lo sabe. Además, si tanto te preocupa Mickey ¿Porqué no te quedas tu ésta noche en casa de tu abuelo con él? - preguntó Tía Helen mientras buscaba a tientas su paquete de cigarrillos.
- No digas eso, ni le llames MI abuelo aunque lo sea - volví a murmurar entre dientes-
- No te oigo, cariño, pero es igual - dijo mientras ponía delante de mis narices la cajetilla de tabaco Marlboro- Coge un par, o los que quieras.

Alargué la mano y cogí media cajetilla, furiosa, aunque a ella no le importara que fumara todos los cigarrillos que fueran o quedarse sin tabaco.

Cogí mi pitillera de plata, que hasta el momento había estado vacía, y los metí dentro, para después volver a cerrarla y guardarla celosamente en el bolsillo trasero de mis pantalones cortos vaqueros.

- Me largo - dije.
- ¿Qué?
- ¡Que me voy! ¡voy a buscar a Mickey! - dije mientras endurecía los músculos de la cara, cada vez más furiosa.
- Vale, tesoro, ten cuidado y no vayas por lugares oscuros - me guiñó un ojo amablemente para después girarse rápidamente a la máquina al ver que había vuelto a perder y comenzar a soltar maldiciones e insultos hacia mi persona.

Sí, aquélla era la loca de mi Tía Helen, la ahora loca Tía Helen, la viuda loca Helen. Tenía un millón de motes en toda la familia. Pero yo no olvidaba lo agradable y sencilla que era conmigo en sus ratos lúcidos. Por eso seguía yendo a buscarla cada tres noches al mismo salón de juegos, mintiéndola sobre que Lucille, mi madre, me había enviado en su busca, ya que mi madre no era capaz ni de ocuparse de si misma.

Salí del salón de juegos y bajé la calle mientras sacaba de la pitillera un cigarrillo y el mechero negro de plástico, me lo ponía en los labios, y me lo encendía.
Guardé la pitillera de nuevo en el bolsillo trasero de mi pantalón junto con el mechero y seguí caminando despreocupadamente mientras le daba una larga calada y aspiraba todo el humo que bajaba por mi garganta, para que después una parte de él saliese por mi boca haciendo una pequeña corriente de humo fina y abundante que salía de entre mis labios entreabiertos.
Me gustaba fumar, inexplicablemente me relajaba. Si, ya sé que suena a tópico estúpido sobre los fumadores y el tabaco, pero digo la verdad, en momentos como aquél me relajaba.

Llegué hasta el final de la calle y esperé en el cruce, fumando, con cara de pocos amigos y mirando con asco a un conductor que, al pasar con su coche, me había hecho un gesto obsceno que no me molestaré en detallar.

A mi edad se suponía que tenía que estar disfrutando de la vida, joder. Se suponía que no debía hacer estas mierdas y encargarme de niños que no eran míos. Se suponía que debía tener amigos. Se suponía que debía tener una vida propia.
Pero sólo se suponía.
Porque ¿qué sería de Mickey sin mi? ¿qué sería de Tía Helen sin mi? ¿qué sería de Lucille?
Qué sería de los niños de la plantación abandonada o qué sería de mi amiga Lorraine, que dependía tanto de mi ayuda.
¿Qué sería, en resumen, de lo poco que quedaba de la familia Lafouret si yo me marchaba?

Cuando se puso en verde crucé y seguí bajando la calle. En cosa de media hora me planté en los barrios bajos de la ciudad, con un calor terrible en el cuerpo y fumándome un segundo cigarrillo.
Cuando llegué ante la casa destartalada de Thomas Meyers y empujé la desvencijada y oxidada verja de la entrada me dio un escalofrío. Se oyó la voz del borracho desde dentro que le gritaba al niño algo parecido a “esa zorra de tu prima ha venido a buscarte, ya era hora de que te largases de aquí de una vez, joder”

Un niño de alta estatura para su edad con unos libros en la mano y una mochila en otra salió atropelladamente de la casa y corrió hacia mi, sonriente.

- ¡Clody! - gritó mientras me abrazaba, para después apartarse y mirar a nuestro alrededor con desilusión- No vendrá tampoco ésta noche ¿verdad?
- Escucha, Mickey, tu madre está… - empecé a decir.
- ¿Borracha? ¿dormida? ¿jugando? ¿medio muerta? - se notaba que Mickey ya no era ningún niño y que era mucho más difícil engañarle ahora, y pude observar como la ira se reflejaba perfectamente en sus ojos- No, prima, déjalo. No me digas que no ha “podido” venir.
- Mira, me quedaré yo ésta noche si quieres contigo en casa del viejo ¿qué te parece? - intenté animarle y hacerle sonreír mientras le instaba a seguir caminando hacia la parada del autobús para coger el que nos llevaría hasta la zona de los pantanos- Dormirás conmigo y todo irá bien.
- Ya no soy un crío, Claudia - dijo con voz cansada- A los quince años ya se madura. No me sigas hablando como si tuviera diez.
- De acuerdo, perdona, es la costumbre, pero si así me lo pides así será - sonreí y puse una mano sobre su hombro mientras caminábamos- De veras no sé en qué estaba pensando tu madre al dejarte con ese borracho de Thomas Meyers…

Nos habíamos subido al autobús hacía unos instantes y ahora éste se dirigía a toda prisa hacia la zona más alejada de la ciudad, que no te dejaba en la misma zona de los pantanos, sino que una vez que te bajabas tenías que caminar cosa de una media hora en línea recta por uno de los caminos paralelos hasta llegar a la casa del viejo.
A los diez minutos, quizás quince, el autobús paró.
Mickey no había hablado en todo el camino y cuando bajó me miró y caminó por delante hasta que yo corrí hacia él y me coloqué a su lado.
El calor allí era aun más insoportable. Siempre hacía muchísimo calor en la zona de los pantanos, y ahora que nos íbamos aproximando era cada vez más intenso.

Mickey me miró, y supe que iba a contestar a la sencilla pregunta que me había echo a mi misma en voz alta antes de subir al autobús, la de en qué estaría pensando su madre para hacer lo que había echo.

No se como lo supe, pero lo supe. Y estaba acostumbrada a saber a veces lo que Mickey iba a decir a continuación, porque había algo en nosotros que nos unía de tal forma que llegaba a ser así de asombroso, como acertar lo que estaba pensando el otro en cierto y determinado momento o adivinar exactamente lo que iba a hacer o decir. Era como un flash en nuestro cerebro, venía a nosotros y lo sabíamos. Ambos estábamos al corriente de ello, y a la vez que nos fascinaba nos asustaba, aunque no habíamos vuelto a hablar de ello desde la última vez.


- En nada. No estaba pensando en nada - contestó Mickey- Tiene la cabeza llena de mierda.
- No hables así, caballerete - le dirigí una mirada de desdén y luego suavicé el gesto- Bueno, lo importante es que te he rescatado de ese espantoso lugar y hoy vas a…
- Dormir en otro espantoso lugar - mi primo terminó la frase por mi- No hace falta que te sigas esforzando, mientras estemos desahuciados es lo que toca.
- Sabes que yo no tendría ningún problema en que vinieras a casa conmigo, pero Lucille y Charlie, ya sabes… - hice una mueca de desagrado.
- Prefiero cualquier otro lugar a éste, te lo garantizo - dijo Mickey mientras nos parábamos ante la gran casa del abuelo Roger- Me da escalofríos, y lo que hay dentro si que me da auténtico pánico.
- ¿Qué hay dentro? - sonreí mientras fruncía el ceño-
- Espíritus - contestó Mickey mientras me agarraba la mano, sin dejar de mirar hacia la ventana del desván- Esté viejo está loco y lo sabes, estoy completamente seguro de que lo que veo ahí dentro tiene que ver mucho con él.

Me aparté de él y sonreí con una ceja levantada.

- Yo te diré lo que hay dentro - dije mirando en dirección a la casa otra vez- Montones de mierda acumulada, y un viejo loco que no hace más que gritar y desmoralizarte, porque se siente tan identificado con toda la basura que le rodea que hasta él mismo se asquea - me incliné para mirarle a los ojos- Pero ¿sabes lo que debes hacer, pequeño Michael?
- Por un oído te entra y por el otro te sale - sonrió tristemente- Eso solía decírmelo mamá cuando el vago de Henry me pegaba.
- Exactamente - le guiñé un ojo tal y como solía hacerlo la Tía Helen y le tendí la mano para que me la diera- Vamos allá.
Tanto el jardín de entrada como el jardín trasero estaba plagado de maleza y hierba alta que llegaba a la altura de las rodillas, y di gracias de haberme puesto las Converse aquélla tarde al salir de casa, a pesar de que la maleza y algún cardo que otro me hicieran daño en mis piernas desnudas, ya que llevaba pantalón corto.
La casa estaba rodeada de izquierda a derecha por centenarios sauces, como centinelas en la noche, cubriéndolo todo con sus ramas y sus raíces.
Tanto las columnas de mármol del porche, como el suelo de madera y las gárgolas que había a los lados de las barandillas de las escaleras que subían estaban desgastados y sucios, quizás con algo de moho.
La fachada era entera de madera y granito de lo más resistente, y estaba segura de que aquélla casa tenía tantos años como el viejo decía que tenía, sólo en eso le creía. A pesar de su penoso estado de conservación, la casa seguía siendo tan imponente como la recordaba, enorme, con aquéllos ventanales gigantescos en cada habitación, con la alargada galería extendiéndose por el segundo piso y dando la vuelta a la casa. Y el tenebroso desván, siempre expectante. Qué malos recuerdos tenía de aquél desván. Esperaba por el bien del viejo que no hubiera encerrado nunca ahí a Mickey, tal y como hizo conmigo en su momento.

La camioneta del viejo estaba aparcada justo delante del porche. Eso significaba que estaba en casa, eso estaba claro, y que no había ido a comprar a la gasolinera, que era lo más lejos que llegaba de la casa normalmente, siempre y cuando no hubiera peleas de gallos o no le llamara el estúpido de Jerry (el de la gasolinera) porque necesitaba algo de charla.
Que yo supiera, el viejo no tenía amigos, salvo Jerry el encargado, punto.

Mickey volvió a coger mi mano y subimos los escalones de piedra hasta el porche, me llevé un sobresalto con una de las gárgolas que había a los lados de las barandillas.
Pulsé el botón del timbre y se oyó al viejo blasfemando, y el crujir de la madera húmeda bajo sus pies mientras iba hacia la puerta.

Giré la cabeza a la derecha, en dirección al embarcadero destartalado, y pude observar que había lo que parecía una barquita de color rojo amarrada a el mismo. Parecía nueva. La verdad es que jamás la había visto.

Sonó la cerradura de la enorme puerta de entrada y Mickey cogió mi mano con fuerza. Yo le di un fuerte apretón y sonreí.
La puerta se abrió y el viejo asomó la cabeza y miró hacia los lados después de mirarnos a nosotros de arriba bajo.
El viejo era un hombre de unos ochenta años aproximadamente, calculé, y estaba como una jodida cabra. Siempre llevaba su escopeta a todas partes y siempre la dejaba junto a la entrada (cosa que comprendí medianamente, ya que en la zona de los pantanos se escondían todo tipo de criminales que huían de la ley), y cuando se iba a dormir la dejaba junto a su cama. Siempre llevaba una chaqueta militar alemana y una camisa interior blanca, arrugada y sucia (normalmente llena de manchas de tabaco de mascar) y unas bermudas negras acompañado todo de unas botas militares con agujeros en la suela. Lo que más nos había impresionado a Mickey y a mi desde pequeños era el parche negro que llevaba en lo que parecía el ojo izquierdo.

Sonreí disimuladamente al pensar que le faltaba la pata de palo para llevar el disfraz completo. Quizás el loro en el hombro le hiciera incluso parecer más simpático.

- ¿Era hoy cuando me lo traías? - dijo con voz grave, y me pude fijar en que su pelo canoso-negro le había crecido hasta los hombros, haciendo una calva en lo alto de su cabeza.
- Si, creo que Tía Helen te llamó para avisarte - contesté sin antes aclararme la voz.
- Si, si - asintió con la cabeza, y también me fijé en que había estado bebiendo- Si no pasáis ya cerraré la puerta. ¡No os quedéis ahí parados mirándome, os he dicho que entréis!

Se hizo a un lado y Mickey y yo entramos de la mano, intentando no rozar al viejo al pasar.
La casa era verdaderamente grande, tanto por dentro (que era impresionante) como por fuera, y las largas escaleras de mármol que subían hacia el primer piso estaban polvorientas y descuidadas.
Atravesamos el comedor (lleno de trastos inútiles) a oscuras si no hubiera sido por la luz que llegaba desde el saloncito contiguo a esa estancia, donde el viejo había instalado una televisión y un par de sofás mal colocados.

Cuando entramos en el saloncito se volvió a mirarnos e hizo una mueca que parecía una sonrisa, aunque no estaba segura.

- ¿Tú también te quedas con Jimmy? - me preguntó.
- Michael. Se llama Michael. Y sí, sólo será por ésta noche, mañana nos iremos sin molestar - contesté, haciendo acopio de toda mi voluntad para no respirar profundamente y no oler toda la basura que se acumulaba en aquél saloncito.
- Bueno, pues las habitaciones están arriba, yo no las uso, yo duermo aquí, pero si no habéis salido muy cursis digo yo que podréis dormir en alguna de ellas compartiendo la cama de matrimonio - dijo el viejo mientras abría otra lata de cerveza.
- No me esperaba menos - sonreí con sarcasmo mientras tiraba de la mano de mi primo para salir de la salita.

Cuando estábamos a punto de salir de la habitación nos advirtió de no andar metiendo las narices donde no nos llamaban.
Suspiré y, tras dirigirle otra mirada cargada de cinismo, salimos de allí y nos plantamos delante de las escaleras de mármol que subían al primer piso.

Mickey miró a nuestro alrededor, algo inquieto, y me preguntó algo así como si no sería mejor que durmiésemos en las habitaciones de abajo.

- ¿Quieres dormir entre la basura del comedor? - me burlé-
- Prefiero cualquier cosa a subir hasta ahí arriba - murmuró, y sentí que temblaba- Cualquier cosa.
- Mickey, aquí abajo no hay habitaciones, las habitaciones y las camas están arriba- suspiré- ¿Cómo le puedes tener tanto miedo a ésta casa? Ya se que intimida un poco, pero…
- En ésta casa han pasado cosas horribles, lo presiento - me interrumpió- Además ya has oído al viejo, no usa esas habitaciones, imagínate el estado en el que estarán.
- ¿Y dónde coño has dormido cuando te has quedado aquí las veces anteriores? - pregunté mientras le miraba con el ceño fruncido-
- No quieras saberlo - contestó amargamente-

A muchos les impresionaba la madurez de mi primo, y yo no lo había entendido hasta ese preciso momento.
El gesto de su cara, el rictus de amargura en su boca, y la perfecta entereza que demostraba tener para asimilar y asumir las distintas situaciones poco corrientes de su vida le habían hecho convertirse en un auténtico hombre.
Era triste, sí, pero cierto.
A sus quince años no sabía lo que era la infancia. Yo nunca la tuve tampoco.
Éramos demasiado parecidos, de ahí vendría nuestra conexión telepática quizás. O a saber.

- Mira, tenemos que subir, yo no puedo aguantar el olor a mierda que hay aquí por mucho más tiempo, y si el viejo no usa el resto de las plantas no creo que haya basura también allí - hice una mueca de asco- De modo que vamos a subir y que sea lo que Dios quiera.
- Yo no quiero subir - murmuró con la respiración agitada y temblando ligeramente-
- Pues yo voy a subir, ahí te quedas, aunque yo que tú no me quedaría sólo - comencé a decir mientras subía las escaleras y el polvo se levantaba de la alfombra roja que las cubría por el centro- Ah, y si ves al fantasma de Canterbury dile que me haga una visita.
- No hagas eso. No te comportes como los demás. No me trates como a un loco - la cara de Mickey se volvió la personificación de la amargura en estado puro- No bromeo. No subas.
- Mickey, aquí no hay nada, sólo estamos tu y yo - me paré en mitad de la escalera, algo cansada- Ya hemos hablado de esto, por favor.
- Tu también piensas que estoy loco ¿verdad? - me miró a los ojos, dolido- Sólo porque tu no puedes verlos, ¡pero si que los sientes! ¡sabes que si, por mucho que lo niegues y lo pases por alto! Eres igual que yo, reconócelo.
- Mickey, éste no es ni el momento ni el lugar de hablar sobre esto - comencé a enfurecerme- Sube inmediatamente o bajo a por ti.
- Si le das la espalda a todo esto te pasará lo mismo que a la abuela - murmuró mientras subía, echo un basilisco-

Le agarré del brazo y le miré a los ojos, furiosa pero a la vez calmada.

- Mírame. No vuelvas a nombrarla. No vuelvas a decir eso - dije entre dientes- Jamás.

Mickey bajó la mirada y le sentí temblar de nuevo. Dios santo, estaba sudando. Estaba muerto de miedo.

- No me sueltes la mano ¿vale? - susurró sin levantar la cabeza.

Sonreí y le besé en la frente, queriendo no creer en lo que me decía. Queriendo pensar que todo aquello era fruto de la imaginación de un niño de quince años que se ha pasado toda la vida sólo, cuando no en la compañía de su prima.
Cogió mi mano y subimos el tramo que faltaba de escalera.
Cuando llegamos a lo alto y nos plantamos en mitad del enorme y oscuro pasillo de la primera planta oí como Mickey soltaba un gemido de terror.
Le miré. No quitaba los ojos del cuadro de una de nuestras tatarabuelas, Elizabeth Marie Lafouret. Al parecer ella en vida había estado tan loca como el viejo.

- Sólo es un cuadro, cielo - dije, aunque no estaba segura del todo.
- Podemos seguir subiendo, por favor - le oí gemir-

De pronto algo me distrajo de la situación de pánico y tensión por la que estábamos pasando y la convirtió en puro terror.




-------------------------


-Continuará, es más que nada para abriros el apetito-

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Gata
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MensajePublicado: Sab Ene 31, 2009 3:50 am    Asunto: Responder citando

Yo ya te lo he dicho...

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-Domi´s darth padawan.
-Vive sin saber que pasara....
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Claudia
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MensajePublicado: Sab Ene 31, 2009 4:08 am    Asunto: Responder citando

Hahahaha
me ha molao tu frase de... "Me puedo correr de placer?"

xDDDD
Me alegro de que et haya gustado, hehehe
Supongo que a medida q lo vaya escribiendo podras elegir entre q personaje es tu favorito y cual no, aunque ya me has dejado claro q el niño mola hahaha


Te quiero, nena
eres la mejor! ^^

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Pherseo
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MensajePublicado: Sab Ene 31, 2009 11:15 am    Asunto: Responder citando

me ha echo gracia lo de los niños negros y los padres moskeados xDDD.
esta buapo el relato.

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Solo hay una persona que pueda ser fan de si mismo..
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Duffm@n
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MensajePublicado: Dom Feb 01, 2009 8:51 pm    Asunto: Responder citando

AND THEN, JOHN WAS A ZOMBIE.

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Claudia
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MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 12:54 am    Asunto: Responder citando

Ein?

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Claudia
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MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 8:49 am    Asunto: Responder citando

PARTE II del capítulo "Presentación y la casa del viejo"

espero que la disfruteis...



__________________________________________





Algo pasó por mi lado y una brisa recorrió el largo pasillo, haciendo que el cuadro que teníamos frente a nosotros se agitara un poco al pasar.
Giré la cabeza hacia la derecha, hacia la parte más oscura del pasillo, la que llevaba a la habitación de los invitados. Intenté ver algo en la inescrutable oscuridad, y al fondo del todo había un ventanal, y la luz de la luna iluminaba lo que parecía la puerta de la habitación de los invitados.

Mickey tiraba de mi mano, y cuando le miré me hizo un gesto con la cabeza de que continuásemos subiendo. Parecía terriblemente afectado por algo que yo no llegaba a comprender. Se aferraba a mi mano con fuerza, incluso sentí que me estaba clavando las uñas.
Pero yo no quería subir, aun no.

- Espera, Mickey, creo que estoy viendo algo, allí, al fondo - musité-
- Es imposible que tu lo veas, vamonos, por favor - se quejó, empezando a sentirse algo histérico, sin dejar de tirar de mi mano-

La figura que había junto a la puerta parecía despeinada y que llevara las ropas raídas y rotas. Eran harapos.

- ¿Qué es esa cosa?
- ¡Vamonos! - gritó Mickey- ¡Claudia, vamonos!

La cosa comenzó a caminar muy despacio a lo largo del pasillo, arrastrando los pies y tambaleándose, apoyándose en la pared de su izquierda.
No conseguía ver más que sus harapos y su pelo oscuro y enmarañado.
Cuando durante un instante apoyó la mano en una de las paredes a medida que se acercaba a nosotros pude ver que sus manos eran puro hueso con piel envolviéndolo. Los tendones se le salían de entre la muñeca. La carne se le descomponía, aunque sólo alcancé a verle el brazo. Pero incluso pude oler la carne putrefacta avanzando hacia mi.

Ahogué un grito y comenzamos a retroceder.
Mickey tiró de mi mano una vez más y corrimos escaleras arriba.
Oía la respiración y los pies del ser arrastrándose.
Caí al suelo. Mickey me ayudó a incorporarme, y cuando llegamos a la segunda planta me volví para mirar escaleras abajo.

No había nada ni nadie.
Miré a Mickey, y éste estaba cogido a mi brazo, con grandes surcos de lágrimas en las mejillas, tembloroso y mirando hacia la escalera.
Guardé silencio. Él también. Nunca hablábamos de ello. Eran cosas de las que no se hablaba.

Me fijé en los libros de Mickey desparramados por toda la alfombra de la escalera, y él se limpió las lágrimas y bajó un par de escalones para recogerlos, como si nada hubiese pasado.

Cogí su mochila del suelo y me la cargué al hombro. Le tendí la mano para que me la diera, pero no quiso.
Estaba furioso conmigo, aunque trataba de ocultármelo. No debí haberle hecho pasar por aquello, y más sabiendo lo sensible que era él con esas cosas.

El pasillo del segundo piso era tan oscuro como el del primero, pero tenía ventanales enormes por todo el y la luz de la luna se filtraba por entre los árboles para pasar a iluminar el pasillo entero.
Pasamos por delante de unas siete habitaciones y al final del pasillo giramos a la izquierda. Pasamos por delante de otras dos habitaciones y nos detuvimos ante la que había sido la de la abuela.
Yo siempre había dormido en la de la abuela, pero hacía años que no subía a los pisos superiores de la casa, siempre solía quedarme unos pocos minutos en el hall y salía corriendo de allí, asqueada por el viejo.

Respiré hondo y solté el aire al tiempo que hacía girar el pomo de la puerta. La puerta de madera lacada se había quedado ligeramente atrancada por la humedad y el poco uso, y al abrirla hizo ese sonido tan particular en las bisagras que nos hizo estremecer.
Si la memoria no me fallaba, el interruptor se encontraba en la parte interior de la habitación, junto a la puerta, justo a la derecha.
Al accionar el interruptor la araña de cristal del techo parpadeó unos instantes y luego iluminó la habitación, dándole algo de vida con su luz amarilla.
Entramos y miramos a nuestro alrededor.
Las paredes de la habitación eran un mural de primavera, con sus flores y sus mariposas revoloteando. Yo solía llamar a aquélla habitación “ el cuarto de las flores” cuando era pequeña.
Los muebles eran antiguos, muy antiguos, blancos y color celeste la gran mayoría, en contraste con los colores de la habitación. El gran ventanal de dos metros por dos metros estaba a la izquierda del escritorio, de color blanco y de cajones azul celeste ribeteados en laca dorada. La silla iba a juego con el.
La chimenea estaba al fondo de la habitación, girando a nuestra derecha. Frente a ella había dos sillones de cuero gris ribeteados de oro, y en el medio una mesita para el té.
A nuestra izquierda, y a unos metros enfrente del escritorio, se encontraba la inmensa cama de matrimonio de dosel que yo recordaba. Era una cama preciosa, gris y dorada, como los sillones, y las cortinas que la rodeaban eran de un terciopelo gris magnífico, atadas a los cuatro postes por cordeles dorados y perlas.
La colcha era de seda, gris también, y pude advertir que debajo las sábanas serían blancas.

Una habitación muy colorida sin duda, aunque algo deprimente ahora que se encontraba tan abandonada.

Pero aun no había alzado la cabeza para mirar el techo de la habitación de mi difunta abuela, que era lo más impresionante.
La pared del techo era la personificación del cielo de primavera, y justo al fondo, donde se encontraban los sillones, se podía ver la tierna luz del atardecer, con sus tonos rosados, anaranjados, violetas.
Lo que quiero decir es que la habitación, en cada uno de sus tramos, representaba el paso de un día entero de primavera.
El amanecer justo junto a la cama, pasando por los distintos estados del sol, hasta que éste moría al atardecer justo donde acababa la habitación.

Mickey estaba impresionado, y avanzó hacia el centro de la habitación, contemplando cada detalle de ésta.

De pronto caí en la cuenta de algo en lo que no había reparado antes.
Justo antes de llegar a los sillones, unos pocos metros por detrás, en la pared de la izquierda, había un enorme espejo que debía de medir unos cuatro metros de longitud y cuatro metros de ancho.
Me acerqué al espejo. Jamás lo había visto antes en aquélla casa. Era un espejo muy bonito, y su marco verde oscuro y cuadrado simulaba ser una hiedra que acompañaba a los dos sauces que había a cada lado del espejo, pintados en el mural con anterioridad, cuando en el lugar del espejo había habido un columpio con dos enamorados.

Mickey se puso a mi lado y ambos nos quedamos mirándonos en el espejo.

¿Qué pensarían de mi los Lafouret ricos? Aquélla rama de la familia que parecía no querer tener ningún tipo de parentesco con nuestra rama.
¿Qué pensarían de la chica delgada y medianamente alta de ojos color miel y piel bastante blanca que ahora se reflejaba en el espejo? Mi pelo negro y largo hasta la cintura y ligeramente ondulado me caía sobre los hombros y me cubría el pecho. Tenía unos pocos arañazos en la pierna derecha y la camiseta de tirantes blanca manchada con algo que parecía grasa de soldar en un costado, tal vez de rozarme con la barandilla de la escalera del porche al subir. De todas formas con el calor que hacía no me importaba demasiado mi aspecto físico, y menos la mancha de grasa.
Me puse de perfil. Me gustaban mis pechos, ni muy grandes ni muy pequeños.
Me gustaba mi cara ovalada y mis ojos ligeramente rasgados, pintados con Khol, que a muchos les recordaban a los de las antiguas egipcias. Mis labios carnosos y bien definidos también me gustaban, aunque nunca los solía pintar.
Para estar a punto de cumplir diecinueve años y no haber estado con un chico jamás más de una semana (no les dejaba ni cogerme la mano), la verdad es que la vida me había tratado bien en cuanto al físico y en cuanto a no tenerlo difícil para encontrar un hombre que se ajustase a mis necesidades, lo malo era que ya no existían casi hombres de los de antes, y por eso mismo guardaba las distancias todo lo que podía y más, a parte de que apenas tenía tiempo para líos amorosos.

Me acerqué un poco más y sonreí al verme coquetear conmigo misma delante del espejo, por llamarlo de alguna manera.
Mickey comenzó a poner caras, yo le seguí. Acabamos en el suelo partiéndonos de la risa.

Y de pronto oímos un ruido que venía del pasillo. Nos miramos. Unos pasos avanzaban. Unos pasos se arrastraban. Nuestros corazones se aceleraban.

Me incorporé rápidamente y corrí hacia la puerta, que cerré de inmediato y eche la llave.

Era imposible que el viejo hubiese subido. Lo mejor era cerrar la puerta y hacer como que el problema no existía, algo que habíamos echo siempre, y algo en lo que mi familia era experta.

Me volví hacia Mickey y me apoyé en la puerta, agotada de tanto sobresalto. Suspiré y entonces él vino hacia mi, cogió mi mano y me separó de la puerta.

- Es mejor que no te quedes junto a ella - murmuró.
- Mickey ¿sabes lo que era eso que hemos visto? - me volví a mirarle con el ceño fruncido.
- Lo que no se es cómo has sido capaz de verlo - contestó Mickey al tiempo que se sentaba en el suelo para quitarse sus Converse-
- ¿Tú lo has visto en otras ocasiones?
- Me ha parecido verlo alguna que otra vez, pero hoy ha sido la primera vez que no lo he visto por el rabillo del ojo - lanzó las zapatillas lejos y me miró- Te aseguro que estoy tan sorprendido y aterrorizado por lo que hemos visto como tu.
- ¿Y cómo es que no lo habías visto antes de ésta noche? - me dirigí hacia su mochila y saqué algunas cosas, como una camiseta ancha y larga que siempre me quedaba grande y me llegaba por las rodillas.
- Porque nunca he subido antes de ésta noche - contestó con un encogimiento de hombros- Normalmente lo veía por el rabillo del ojo cuando pasaba por delante de la escalera para ir a algún sitio de la planta baja. Nunca he dormido en otro sitio que no fuese el cuarto de estar del viejo o la cocina.
- ¿Y qué veías? - me acerqué a él y me senté a su lado, con la camiseta aun en la mano.
- Sólo una sombra de pelo enmarañado, ya te he dicho que sólo lo veía por el rabillo del ojo, y era sólo unos segundos, porque pasaba veloz, como un rayo - contestó con sus ojos clavados en los míos, algo perplejo por mis preguntas, ya que nunca hablábamos de ello- Pero tengo una teoría sobre esa cosa…
- ¿Ah si?
- Cuando pasaba por lo alto de la escalera, cuando la veía en el descansillo que conduce al primer piso, era sólo una sombra, nada más - comenzó a explicarse Mickey- Y esta noche, cuando nos hemos detenido en el primer piso, la hemos visto con claridad, ya no era una sombra, y si nos hubiésemos esforzado un poco más en verla seguramente la habríamos conseguido ver por completo…
- ¿Sugieres que coge fuerza en el primer piso?
- No. Sugiero que coge fuerza en toda la casa, pero sobre todo en los pisos superiores, como el primer piso, éste y el desván - contestó con una agilidad mental que hasta me sorprendió- Sugiero que esa cosa, sea lo que sea, tiene mucho que ver con ésta casa, y que a medida que hemos ido subiendo pisos ha cogido fuerza. No la suficiente como para lastimarnos (porque estoy completamente seguro de que es un espíritu maligno o algo parecido), pero si para meternos el miedo en el cuerpo. Y esa posibilidad me lleva a la terrible conclusión.

Mi primo pareció quedarse pensativo, con el entrecejo levemente fruncido y la barbilla apoyada en su mano izquierda.

- ¿Qué conclusión? - pregunté casi son miedo-
- Que esa cosa viene del desván. Es pura lógica. Si se va haciendo fuerte a medida que vas subiendo pisos eso sólo quiere decir que su máximo punto es el desván, que su poder viene de ahí. Ya lo has visto, prima, ha sido capaz de recorrer el pasillo e intentar meterse en la habitación, pero por lo visto no ha podido abrir la puerta. Así que, sea lo que sea, se convierte en materia, ya que no ha atravesado la puerta y se ha presentado aquí para hacernos daño - dijo mientras pensaba muy bien todo lo que decía.
- ¿Quieres decir que al cerrar la puerta he evitado que nos hiciera daño?
- Efectivamente, prima, para tu sorpresa y la mía, al hacer ese simple gesto automático de auto-defensa has evitado que intentara asustarnos o hacernos daño de nuevo. Pero por lo visto aquí también es débil, por eso no ha podido abrir la puerta - sonrió levemente Mickey- Lo que más me sorprende es el hecho de que pueda ser alguna clase de ser que se hace material o sea material, y que, en el caso de poder “hacerse” material a voluntad, sea tan fuerte de poder hacerse material. Nunca había visto eso en un espíritu.
- Un momento, para el carro - dije, algo confusa y sintiendo que me mareaba por momentos- ¿Cómo sabes tanto sobre esto, sobre espíritus? Es más ¿cómo es eso de que “nunca habías visto eso en un espíritu”? ¿cómo es posible que trates éste tema con tanta frialdad?
- Cómo tu tratas el tuyo, Clody - contestó con total naturalidad- Tú los sientes, por mucho que lo niegues. No, no digas que no, porque tu misma me has dicho que a veces sientes “cosas” cuando estás en algunos “lugares”. No serás capaz de verlos pero si de sentirlos, y me juego el cuello a que también eres capaz de saber cómo se sienten o lo que quieren si te lo propones.

¿Cómo sabía Mickey todo eso?
Le miré con cierto recelo y sonrió.

- ¿Te extraña? - se incorporó y caminó hacia su mochila, sonriendo con picardía- Son los chispazos que nos dan al cerebro. Descubrí el otro día que por un momento puedo adivinar lo que piensas.

Abrí los ojos como platos, pero disimulé mi sorpresa ante él cuando se volvió a mirarme.

- Y en cuanto a tu pregunta acerca de que jamás he observado ese comportamiento en un espíritu - suspiró mientras seguía sonriendo- Ya sabías que yo puedo verlos.
- Mickey, no tienes ni idea - repliqué mientras me levantaba y me ponía detrás del biombo que había junto a la cama para cambiarme- Si te he dicho que siento cosas a veces, lo reconozco, pero nunca he implicado la palabra “espíritu” cuando te he hablado de ello.
- Pero yo sí - le oí decir mientras escuchaba el ruido de sus vaqueros al desabrocharse- Sabes perfectamente que en nuestra familia hay antecedentes de éste tipo de cosas, sin ir más lejos, Ella.
Me quedé paralizada, con los pantalones y mi camiseta en la mano.

- ¿Insinúas que ella podía..? - comencé a decir.
- No es que lo insinúe, es que lo afirmo - me interrumpió con una voz que reflejaba completa seguridad en sí mismo- Gracias a lo que he podido indagar y saber sobre ti y sobre mi y lo que nos pasa desde hace un par de años con el rollo de los chispazos y nuestros “poderes” puedo afirmar que Ella tenía mucho más en común con nosotros que el parentesco familiar.
- Lo que me sorprende de todo esto es que seas tan jodidamente inteligente - contesté tras un breve silencio en el que me cambiaba de ropa- Y que hayas sido capaz de llegar tan lejos. Como también que hayas llegado tu solito a esas conclusiones, y no quiero decir con ello que tengas razón en absoluto.
- Son sólo conclusiones que he sacado sobre lo que nos pasa y de dónde ha podido venir, que sigo estando completamente convencido de que está en la sangre - dijo mientras su voz se suavizaba notablemente y oía como guardaba sus pantalones en la mochila- Pero queda mucho más por investigar, y pronto, muy pronto, podré llegar a sacar conclusiones hasta de ésta casa y del ser que habita en ella. Y en cuanto a lo de mi inteligencia, bueno, será que no te habías dado cuenta hasta el momento porque estás tan acostumbrada a mi que te he sorprendido en la retaguardia, por llamarlo de alguna manera. Pero, por ejemplo, tu madre o la mía siempre han sabido que mi coeficiente intelectual es más que notable.

Salí desde detrás del biombo y me quedé mirándole detenidamente.
Se había puesto una camiseta que le llegaba poco más de debajo de las caderas y un pantalón de deporte corto. A la luz de la lámpara pude ver un extraño brillo en sus ojos verdes, tal vez provocado por la excitación que le causaba poder hablar del tema. También me sorprendió, al verle así y en esas circunstancias, que ya no era un crío.

- ¿Desde cuándo llevas con esto? - pregunté, completamente perdida.
- Desde hace un año - contestó, sonriente y algo nervioso, y se llevó una mano a la nuca- Tenía hasta recortes de periódico y esquemas y esas cosas en la casa que perdimos, así en plan película. La verdad es que he indagado bastante sobre nuestra familia y sobre Ella.
- ¿Y cómo es que me entero ahora? - me sentí algo molesta y la expresión de mi cara se volvió algo dura.
- No te lo he contado antes porque nunca has querido hablar del tema o siempre lo has esquivado. Por lo visto te hace falta llevarte un susto de muerte para que quieras hablar de ello - dijo en un tono completamente reprochador.
- Pues a partir de ahora no sólo quiero que no me vuelvas a contar nada de esto - comencé a decir mientras alzaba una mano para que me escuchara, porque ya había empezado a quejarse- Sino que vas a prometerme que dejarás de inmiscuirte en esos asuntos y que llevarás una vida normal de un chico normal de quince años.
- Dieciséis - me interrumpió con notable enfado-
- CASI dieciséis - le contradije, comenzando a enfadarme yo también- Aun te faltan tres meses. Y como a mi siempre me has hecho caso y has tenido siempre mi opinión en cuenta, te repito por última vez que va muy en serio eso que te he dicho de que es mejor dejar las cosas como están. Debes prometerme que no seguirás con esto.

Mickey suspiró con tristeza y el pelo negro y liso le cayó por la frente cuando bajó la cabeza, algo decepcionado por mi severidad en cuanto al tema.

- Yo nunca he sido normal, Claudia - dijo tras otro silencio con la cabeza aun agachada y con la voz algo quebrada, como si estuviese a punto de perder los nervios y echarse a llorar- Y eso es algo que os cuesta entender a algunos y que no les cuesta nada decir a otros, pero ahora mismo me trae sin cuidado. Lo que no me trae sin cuidado es que mi propia prima, a la cual admiro y quiero, me diga que ignore todo esto y deje de hacer lo que hago aun cuando sabe y ha visto que, a parte de ser mi única vía de escape de un mundo que me engulle, la gente me toma por loco cuando no lo estoy. Y más cuando ha tenido ante sus narices una prueba tan evidente.
- Mickey, no pretendía herir tus sentimientos, lo juro - me acerqué a él, algo arrepentida- Pero lo único que te digo es que ya va siendo hora de que bajes de las nubes e intentes adaptarte. No con ello quiero decir que no te crea o que no te comprenda. Se que lo que me cuentas es verdad, pero te vendría bien intentar adaptarte.
- ¿Adaptarme a qué? - me miró al fin con lágrimas en los ojos, y éstos eran del más intenso de los verdes- ¿A las putas de la esquina que hay junto a la nueva casa de mi madre o a los criajos que viven en la acera de enfrente que con diez años han empezado a delinquir? Tal vez deba adaptarme a eso, ya que es lo único que me rodea.

Guardé silencio durante unos instantes.
- Sólo digo que deberías intentar adaptarte a una vida normal. Mírame a mi, no tengo por qué ir delinquiendo o prostituyéndome para llevar una vida normal - dije pausadamente- Se que el mundo que te rodea es una mierda, y que ahora las cosas están peor que nunca, pero no tienes por qué refugiarte en todo eso.
- ¿Y en qué me refugio? ¿en qué? - empezó a levantar la voz- Ni siquiera tú eres normal a pesar de decir que llevas una vida normal. Pero tampoco quiero una vida como la tuya, porque ni siquiera eres dueña de tu propia vida y aun sigues dejándote humillar por Tía Lucille y el chulo de su novio. Yo se que aspiro a mucho más y si tu quieres pudrirte en éste agujero tu misma, pero yo no.
- Acabarás volviéndote loco - me llevé una mano a la cara, agotada emocionalmente- Ya sabes como acabó Steve.

La cabeza empezaba a dolerme a horrores, como cada vez que le daba vueltas al tema que tanto decía Mickey que nos concernía. Me sentía cada vez más mareada.

- Steve se metió donde no le llamaban, pero yo no lo estoy haciendo, porque me incumbe - dijo mientras las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas- ¡Y a ti también!
- ¡Basta ya, Michael! - grité.

Mickey se quedó helado, mirándome fijamente, algo impactado por mi reacción, porque le había gritado. Jamás le había gritado.
Su imagen comenzó a distorsionarse, como la mayor parte de los objetos de la habitación, y de pronto caí en la cuenta de que estaba punto de perder el conocimiento.
Oí que dijo mi nombre un par de veces.
Lo último que sentí era que me cogían justo antes de tocar el suelo, y después todo oscuridad.

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ex-



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Claudia
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MensajePublicado: Mar Feb 03, 2009 1:49 pm    Asunto: Responder citando

Este es el segundo capítulo, que el título del tema no lo pude cambiar y así se ha quedado =( Pero dejar claro q este ya es el segundo capítulo, va? ^^
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Capítulo 2: Sueños






2


Había vuelto de nuevo al lugar de mi infancia. Corría sin parar por el jardín trasero de la casa, corría hasta llegar a mi abuela, que estaba sentada sobre el columpio que había colgado de una de la rama de los sauces. Qué joven era mi abuela por aquél entonces. Las arrugas casi eran inexistentes en ella.
Y aquéllos suaves ojos de color celeste no dejaban de mirarme con bondad.

- Tu serás siempre especial - me dijo al oído- Eres mi niña especial.

Se inclinaba sobre mi, aun sentada sobre el columpio, y me decía aquéllas hermosas y enigmáticas palabras.
El viento jugaba con la hojas de los sauces y hacía surcos en el agua del pequeño lago que mucho tiempo atrás habían construido justo detrás de la casa. Podían ver alguna rana que otra saltando entre los juncos de la orilla.

- ¡Claudia! - oí la voz de Lucille a lo lejos-

Me volví y allí estaba mi madre, radiante con su melena tan larga y negra como la mía cayéndole por los hombros, abundante y llena de brillo, mientras el sol le sacaba reflejos cobrizos. Me miraba sonriente desde el porche trasero, apoyada en una de sus columnas de mármol, con un pantalón muy corto y una camisa blanca anudada sobre el ombligo.
Me volví hacia mi abuela y ella se levantó y tomó mi mano para llevarme hasta donde estaba mi madre.
Las mecedoras de mimbre que había en torno a la mesita también de mimbre que había en el porche nos esperaban.
La abuela me sentó en una de las sillas, y al mirar mis pies me di cuenta de que ni siquiera tocaban el suelo.
Lucille y ella se sentaron en las otras mecedoras y me miraron.
Lucille no parecía Lucille. Se la veía tan vivaz, tan llena de vitalidad y energía que cualquiera diría que parecía una joven actriz y modelo de Hollywood. Dios mío, qué guapa era.

- Algún día esto será tuyo - dijo mi abuela- Y podrás columpiarte en ese columpio que tanto te gusta las veces que quieras. Algún día comprenderás, si no lo has hecho aun.
- Es muy pequeña para comprender lo que dices - inquirió Lucille mientras se inclinaba un poco hacia mi y me retiraba el pelo de la cara- Lo único que tiene que saber es que ésta casa es tan importante para ella como para nosotros.
- Créeme, ésta niña es muy lista - sonrió mi abuela- Ha nacido con los genes de tu bisabuela Anne Marie. No estés tan segura de que no comprenda lo que decimos. Por eso hablo con ella como si fuese una adulta, lo comprende todo, es fascinante. Es más, el otro día, estando con Helen en la cocina, la niña dijo algo que nos dejó patidifusas.
- ¿El qué? - mi madre la escuchaba con sumo interés.
- Dijo…

Pero mi abuela no pudo terminar la frase, pues Henry entró en la propiedad con su coche a toda prisa, bajó de él, y llorando de alegría dijo que su hijo estaba a punto de nacer.
Lucille se levantó y corrió a reunirse con él.
Yo me quedé con mi abuela, que me cogió en brazos y acarició mi pelo.

- Algún día podrás comprenderlo todo, y cuando lo hayas hecho te reunirás conmigo en donde tiene lugar la primavera eterna. Ese niño y tú no sois normales, sino mis niños especiales ¿lo sabías? Claro que lo sabías, naciste con estrella.
- Michael - murmuré mientras jugaba con sus rizos castaños con mis diminutas manos.
- ¿También sabías su nombre? - me miró con sorpresa y besó una de mis manitas, emocionada.

De pronto el sueño se volvió borroso y distante. Porque yo estaba absolutamente convencida de que era un sueño ¿ o no?

Estaba en la habitación del bebé, junto a la cuna, y me intentaba asomar a verle, pero no llegaba siquiera a engancharme de los barrotes.
Mi abuela entró en el dormitorio y me cogió en brazos para que pudiese verle.
Cuando me inclinó ligeramente sobre la cuna vi. a un ser diminuto y sonriente que nos miraba y reía.
Me gustaban sus ojos verdes esmeralda.

- Mírale, cielo - me susurró mi abuela al oído- Los médicos dicen que es muy raro que haya nacido con esa tonalidad de verde en los ojos y más tratándose de un recién nacido. Lo que también les sorprende mucho es lo poco que ha tardado en aprender a reír. Es impresionante. ¿Ves ahora lo que te decía? Sois mis niños especiales.
- Michael - volví a murmurar mientras no dejaba de mirarle.
- Tenías razón, tesoro, se llama Michael - mi abuela me inclinó para que le diera un beso en la mejilla y cuando se lo di me bajó al suelo.

De pronto entró Lucille en la habitación y cogió mi mano de forma brusca.

- ¡Te he dicho que no hables así con mi hija! ¡Sólo tiene tres años! - Lucille estaba furiosa-
- Le estaba presentando a su primo - contestó mi abuela, mirándola con expresión severa- Y, Lucille, me parece que subestimas demasiado a tu hija y que insultas esa inteligencia superior que Dios le ha dado.
- ¡Sólo quiero que sea una niña normal! ¡al menos por un par de años más, mamá! - Lucille estaba a punto de echarse a llorar- ¡Y no vuelvas a acercarla a esa cosa!
- ¿Te refieres a Michael? - mi abuela la miró indignada-
- ¡Sí! - Lucille estaba temblando - Helen aun sigue sin querer verlo, no se puede creer aun lo que ocurrió el otro día. Mamá, son demasiadas casualidades.
- No vuelvas a referirte así sobre éste niño. Piensa en como tendrías que referirte acerca de tu hija ya que nos ponemos a juzgar - mi abuela estaba furiosa, pero mantenía la calma.
- Tengo que salir de ésta casa, no voy a permitir que mi hija se quede aquí por más tiempo, y menos cerca de ese niño - Lucille me llevó de la mano hasta nuestra habitación con mi abuela pisándonos los talones.

El pelo de Lucille se me puso en la cara cuando se puso de rodillas en el suelo frente a mi y me abrazó. Olía a jazmín.

Mi abuela entró en la habitación y le dijo a Lucille que yo no me marcharía con ella, que la casa era mía y que me gustaba estar allí.

Sentí las lágrimas de Lucille sobre mis mejillas cuando me las besó.
Se incorporó y miro a mi abuela, desafiante.

- ¡Quiero que por lo menos ésta niña lleve una vida normal al margen de todo esto! - gritó, histérica- ¡Ya que ni yo, ni Helen, ni los demás la han llevado!
- Vosotras no sois como éstos niños - replicó mi abuela- Ellos jamás podrán llevar una vida normal aunque se lo propongan, por eso es mejor que se queden aquí, bajo mi techo y mi protección.
- Tú y tus malditas estupideces. Siempre has jugado con fuego y ahora lo pagan nuestros hijos ¿Por qué, mamá? ¿Por qué tuviste que meter las narices donde no nos llamaban?
- Porque yo soy como estos niños - contestó mi abuela- Porque aunque yo no hubiese averiguado nada la historia se habría repetido como lo está haciendo. Está en la sangre, Lucille.
- ¡Tuviste que meter las narices! - sollozaba Lucille- ¡Y papá pagó con su vida tu estupidez! Pero no lo hará mi hija, no señor, no te lo permitiré.
- ¡Si no hubiese metido las narices tú ahora no serías quien eres! - gritó mi abuela, perdiendo los nervios- ¡Habrías vivido muchísimo más frustrada de cómo vives ahora! ¡Esta casa cuida de éstos niños y les protege! ¡como hacía contigo y con Helen y como ha hecho siempre con cada miembro de sangre de ésta familia!
- ¡Mi hija llevará una vida normal, y no podrás hacer nada para impedirlo! - Lucille comenzó a sacar cosas de los cajones y a meterlas en una maleta.
- Tu hija no es normal, Lucille, al igual que ese niño. Es algo que tu no puedes comprender, pero yo si - murmuró mi abuela.
- Fue idea tuya ojear el puñetero desván y el puñetero baúl de Sara Lee - replicó Lucille mientras hacía la maleta a toda prisa- Esta familia no habría tenido que saber nada de no haber sido por ti, y el incidente que pasó el otro día con el niño se podría haber enfocado desde otra perspectiva y ahora su madre lo querría. O por ejemplo a mi no me daría… - me miró por unos instantes con algo de desconfianza y confusión en sus color miel- …miedo cuando me mira así o me habla de cosas que una niña de tres años es incapaz de decir o pensar, y lo atribuiría a una mente maravillosa y privilegiada. Pero gracias a ti ahora se que NADA de lo que les pasa a éstos niños es normal. Por eso procuraré que mi hija jamás sepa nada de esto ni del libro que sacaste del estúpido baúl de Sara Lee. Por eso procuraré que viva… al margen.

Mi abuela me tomó por los hombros y me metió en el armario, para después echar el pequeño cerrojo de éste.
No podía ver mucho a través de las rendijas de las puertas del armario, pero tuve un mal presentimiento. Eso es todo.
Las oí forcejear y vi. el pelo de Lucille balanceándose de un lado al otro.
De pronto escuché un golpe seco y a Lucille sollozando y arrastrándose por el suelo.
Escuché como se levantaba, apoyándose en la pared, y corría a lo largo del pasillo que llevaba hasta las escaleras, para después escuchar como bajaba a toda prisa por ellas.
Después no oí nada más, tal vez al niño llorando sin parar.

La escena volvió a disolverse y me encontré en una situación muy distinta.

Yo procuraba no ser vista cuando me asomé a la habitación del recién nacido. Tía Helen y Tío Henry estaban allí, como Lucille y Jerome, y mi abuela no hacía más que felicitar a su hija (Helen) por haber tenido un niño tan precioso.
Jerome me descubrió y sonrió mientras se acercaba a mi y me cogía de la mano. Era un hombre muy atractivo, de ojos grises (plateados me parecían a mi) y pelo castaño oscuro y largo hasta los hombros, muy abundante. Sus ojos eran grandes y sus pestañas negras como el tizón. Era esbelto, y poseía un cuerpo que volvía loca a toda mujer con dos dedos de frente, o eso oía decir a Tía Helen cuando hablaba con mi abuela en la cocina.
Sus manos eran grandes. Me gustaban sus manos, pero eran demasiado grandes para mis pequeñas manitas, aunque me sentía protegida cuando me acariciaba el pelo con ellas.

- Se ha despertado - dijo Jerome, poniéndome en mitad de todos los presentes, para después arrodillarse frente a mi mientras se echaba el pelo hacia atrás y clavaba sus enormes ojos grises en los míos- ¿Has dormido bien, tesoro?
- Michael - murmuré mientras le tocaba la frente y la barbilla con mis manitas.

Él cogió mis manos y sonrió dulcemente.

- Si, se llama Michael. Pero ¿cómo lo sabes, pequeña?
- Michael - volví a decir.

Jerome sonrió y miró a todos los presentes, divertido.
Lucille me miraba con severidad. No me quitaba el ojo de encima.
Mi abuela avanzó hacia mi y me cogió en brazos cuando Jerome se disponía a hacer lo mismo. Él la miró con reproche y guardó silencio con una mueca de dureza y resignación en su rostro fino y afilado, sin una sola imperfección.

De pronto me fijé en que había alguien más a los pies de la cuna.
Era una mujer que vestía un camisón color Burdeos, vaporoso, de ojos grises que se tornaban azules, y melena rubia oscura y ondulada que le caía por la espalda. Era muy hermosa, casi tan hermosa como Jerome, con los mismos rasgos afilados y los mismos labios finos y bien formados.
Me fijé en que extendía una mano hacia mi y otra hacia el bebé, sonriente, aunque había algo en ella que no me gustaba nada y me inspiraba una profunda desconfianza.
Jerome parecía verla, porque cuando le miré estaba mirando en la misma dirección que yo, con algo de asombro.
Pero ninguno más de los presentes parecía verla, salvo quizás mi abuela, aunque no me detuve a comprobarlo.
Volví a clavar mis ojos en la misteriosa mujer, y ella seguía esperando a que le tendiese la mano.

De pronto se inclinó sobre el recién nacido y éste comenzó a reír y le cogió la mano. Todos los que no podían ver a la mujer vieron como la mano del recién nacido cogía algo invisible para ellos. Y vieron como las mantitas se alzaban para arroparle mientras él no paraba de reír.

- Se está riendo. Es increíble. - murmuró Lucille- ¿Y qué demonios les pasa a esas mantas…? ¡Se están moviendo!

Helen soltó un grito cuando el espejo que había junto a la puerta se partió en mil pedazos y uno de ellos la alcanzó y la cortó en la mejilla.
No llegué a ver al recién nacido porque mi abuela me dejó en el suelo en ese mismo instante y corrió a socorrer a Helen, que gritaba y sollozaba como una histérica.
Jerome vino rápidamente hacia mi, se volvió a arrodillar, y me abrazó.

- ¿Por qué lo haces, Claudia? - le oí susurrar.
- ¡Jerome! - oí decir a mi abuela cuando vio que me iba a coger en brazos y a sacarme de la habitación- Ni se te ocurra acercarte a esa niña. ¡Y corre a la cocina y tráeme los paños y el alcohol del botiquín!

Jerome se incorporó rápidamente, y, tras mirar con absoluto desprecio a mi abuela, salió de la habitación a toda prisa.
Yo corrí tras él, ignorando los gritos de mi abuela para que volviese a la habitación.
Bajó las escaleras y se paró en seco en el primer descansillo para volverse y mirarme.
Yo bajaba apoyada en los barrotes de la barandilla, poco a poco, tal y como mis pequeñas y débiles piernecitas me lo permitían.
El gesto de amargura en la cara de Jerome se suavizó y me dedicó la más brillante de las sonrisas, para subir a por mi, cogerme en brazos, y bajar a toda prisa las escaleras.

- Agárrate bien, tesoro - me susurró al oído mientras llegábamos al hall y atravesábamos con rapidez el gigantesco comedor , con su larguisima mesa de comensales en el centro.
- Michael - murmuré de nuevo.

Salimos del gran comedor y recorrimos otro largo y oscuro pasillo, alumbrado por enormes lámparas de araña que colgaban del techo, para girar después a la derecha y entrar en una enorme cocina de estilo americano pulcramente cuidada y limpia. Jerome abrió una puerta que había al fondo, que resultó ser un armario.

- ¿Tengo entendido que fue tu primera palabra, verdad? - nos plantamos frente al botiquín, y Jerome pasó a cogerme con un solo brazo para revolver en él, buscando el alcohol y los paños- ¿Cómo lo sabías, eh, tesoro?
- Porque me lo dijo la mujer - contesté mientras le tocaba la boca y las cejas.
- ¿Qué mujer? - Jerome no dejaba de revolver, con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior.
- La mujer del camisón rojo - dije mientras alargaba el brazo para señalarle donde estaba el alcohol.
- ¿La Tía Beatrice te lo dijo? - sonrió mientras cogía el alcohol y me guiñaba un ojo- ¿Y qué más te dijo?
- Que era mi hermano y que éramos únicos - contesté mientras jugaba con el tirante de su camiseta de tirantes blanca y le señalaba dónde estaban los paños.

Jerome me miró con el ceño fruncido durante unos instantes, para después cerrar los ojos y besarme la frente con fuerza y mucho cariño.
Después volvió a mirarme, esta vez directamente a los ojos, y dijo:

- Tesoro, no debes contarle JAMÁS a NADIE lo que te dijo Tía Beatrice ¿de acuerdo? Ni tan siquiera mencionarles que la has visto y que has hablado con ella. Debes prometérmelo.
- Te lo prometo, Jemm Lafouret.

Así le llamaba a veces la mujer del camisón rojo, utilizaba aquél diminutivo para referirse a él acompañado del apellido. Siempre que me hablaba de él le llamaba de esa forma, como si hubiera cierta amistad entre ellos. Y cada vez que hablaba conmigo ella se sentía muy desdichada.

Jerome me volvió a mirar con el ceño fruncido. Estaba realmente sorprendido. Sentí que incluso temblaba un poco.
Tras unos instantes en silencio, tragó saliva y asintió levemente con la cabeza.

- De acuerdo, tesoro, te tomo la palabra -dijo al fin, con voz quebrada.
- Tenemos que subir, Tía Helen nos necesita - dije yo mientras le tocaba el pelo y jugaba con sus ondas.

Asintió de nuevo, como si las fuerzas le hubiesen abandonado, cogió los paños, y me llevo de nuevo al dormitorio del bebé, yo en su brazo izquierdo, mientras que en la mano derecha llevaba todo lo que le había pedido mi abuela.

Lucille se acercó a nosotros y me cogió, sin dejar de clavar sus ojos en los de Jerome, mirándole con desprecio y odio infinitos.
Sentí que Jerome estaba a punto de echarse a llorar, pero que su dureza y su dignidad no se lo permitieron. Me incliné hacia él desde los brazos de Lucille para tocarle los párpados y la boca, y él sonrió amargamente mientras acercaba su cara a mis manos, pero Lucille volvió a fulminarle con la mirada y me apartó de él.
Me depositó en los brazos de mi abuela y vi como iba hacia Jerome y le sacaba de la habitación para hablar con él, aunque aun les podía ver.
Discutían. Ella le gritaba. Jerome lloraba silenciosamente. Lloraba y me señalaba. Las lágrimas resbalaban silenciosas por las mejillas de Jerome. Era la primera vez que veía llorar a un hombre. Entonces Lucille le cruzó la cara de una bofetada y él se derrumbó y perdió toda la poca dignidad que le quedaba, y comenzó a sollozar y a señalarme a mi y al recién nacido, echo una furia y encarándose con ella.
Lucille le empujó y él caminó hacia la habitación en la que dormía ella, diciendo cosas parecidas a “no quiero seguir con esto, deja el tema, déjame en paz”.
Pero cuando ella corrió tras él, gritándole y demás, él se volvió y la tomo por los hombros, intentando hablar con ella de forma lenta y calmada, mientras las lágrimas no dejaban de resbalar por su rostro.
Entonces ella negó con la cabeza repetidas veces y le dejó ahí, entrando en la habitación en la que me encontraba yo y cerrando la puerta detrás de ella.

- Mi vida - Lucille vino hacia mi y me cogió de nuevo, cubriéndome de besos.
- Jemm Lafouret llora - murmuré.

Lucille guardó silencio. Parecía muy afectada por todo.
Jamás había visto a Lucille de esa forma. Parecía tan frágil de pronto, cuando siempre había sido una mujer fuerte y decidida.

La mejilla de Tía Helen no tenía muy buena pinta. La abuela dijo que lo mejor sería llevarla al hospital, y Tía Helen maldijo al niño y dijo que no quería acercarse a darle el beso de despedida.
El niño seguía riendo en su cuna, porque la mujer del camisón color Burdeos había vuelto y le hacía cosquillas y le cuidaba.
Entonces ella me miró. Nos quedamos mirándonos hasta que su imagen se disolvió. Les pasaba a todos, pensé, su imagen siempre se acababa disolviendo.

De pronto todo se convirtió en oscuridad y sentí que volvía al mundo real, sentí que ya no soñaba, pero aun tenía los ojos cerrados.
Sentía el aire fresco en mi rostro. Había una ventana abierta, de eso estaba segura. Y estaba recostada en lo que parecía una cama bastante confortable. No era mi cama ni la de Tía Helen, eso estaba claro. Y dudé mucho de que las sábanas de la cama de mi abuela siguieran siendo tan suaves.
Había alguien a mi lado, y me cogía la mano. Era un tacto algo torpe y tembloroso, y me resultaba hasta familiar.
Abrí los ojos poco a poco y me encontré con dos enormes ojos verdes clavados en los míos.

- ¿Claudia? - escuché la voz de Mickey, aunque por el dolor de cabeza que me dio de repente me costó asociarla a él.
- Si, soy yo - murmuré, algo confusa y sin poder apenas abrir los ojos.
- ¡Gracias a Dios! - exclamó mientras besaba mi mano- Ya me temía lo peor.

Me incorporé entre las sábanas blancas que me envolvían y leí “Hospital de Metairie”
Abrí los ojos como platos y miré a mi primo.

- ¿Estoy en el hospital?
- Sí. Te desmayaste y no había forma de despertarte - contestó Mickey con expresión preocupada- De modo que el abuelo me ayudó a traerte hasta aquí. Llevabas dos días sin despertar, y ya nos temíamos que hubieses entrado en coma.

El médico entró en la habitación y comenzó a hacerle preguntas tanto a Mickey como a mi, y el exahustivo interrogatorio terminó unos quince o diez minutos despuéss, con el beneplácito de que me darían el alta al día siguiente después de someterme a un control puramente riguroso sobre el estado en el que me encontraba.
Le dije a todo que sí, y cuando se marchó agradecí el por fin poder quedarme a solas con Mickey.

- Ha venido tu madre - dijo el niño de pronto.
- ¿Qué?
- Si, y ha estado preocupada y todo - se burló Mickey- ¿Qué se habrá metido ésta vez?
- Pues que pase - suspiré.
- Ya se ha ido, el pronto le ha durado poco, pero lo importante es que ha estado, aunque hayan sido diez minutos - sonrió amargamente Mickey.

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"Y te juro por el dulce aliento de Afrodita que estoy celoso de perderte por ese mundo que tanto anhelas"
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Claudia
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MensajePublicado: Mie Feb 04, 2009 6:33 pm    Asunto: Responder citando

Capítulo 3: Nueva vida, posibles cambios.












3


Me dieron el alta sin problemas al día siguiente. Mi madre acudió a recogernos junto con Tía Helen, y pagó la factura del hospital a regañadientes.
Cuando salimos del inmenso edificio nos estaba esperando Charlie junto al coche, fumándose uno de sus cigarrillos de olor fuerte y hablando por su teléfono móvil.
El sol me daba de lleno en la cara, y me dolían los ojos, de modo que me puse una mano por encima de la frente y caminé con paso decidido aunque débil hacia el coche.
Mickey iba cogido de mi mano, como siempre.
Hacía un calor terrible, y por un momento pensé que me volvería a desmayar, pero sólo fue una suposición.

Por supuesto, Charlie no me abrió la puerta trasera del coche como haría un auténtico caballero, sino que lo tuvo que hacer Mickey, para después sentarse a mi lado y volver a cogerme la mano con afecto.
Tía Helen entró por el lado contrario y se sentó a mi izquierda.
Ibamos bastante apretujados y volví a sentir que se me iba la cabeza.
Lucille se montó en el asiento del copiloto y se volvió para mirarme mientras se encendía un cigarrillo y prácticamente nos echaba el humo de la primera calada en la cara.

- Menuda nos ha costado tu gracia - me reprochó con una mueca de desprecio- La próxima vez que vuelvas a hacer el idiota te lo pagas tú.
- ¿Por qué no me dejas en paz, Lucille? - miré hacia otro lado.
- Porque no haces más que costarme dinero - contestó fríamente- Y mírame cuando te hablo, niñata engreída.

La miré con auténtico odio.
Ella sonrió con altivez y me tiró el cigarrillo encendido. Éste me dio de lleno en la mejilla y cayó sobre mis vaqueros.
Para mi asombro, Mickey lo cogió y se lo tiró a la cara a ella, que le quemó un mechón de pelo que le caía sobre la frente.
Lucille soltó un grito, furiosa.

- ¡No vuelvas a tocarla! - bramó Mickey, hecho una furia- ¡Te mataré si vuelves a hacerle daño!

Lucille salió del coche y abrió la puerta que había a la derecha de Mickey, para después intentar sacarlo del coche cogiéndole del pelo.
Mickey le dio un par de patadas en la cara y salió del coche también. Yo también salí por la otra puerta después de Tía Helen, que no dejaba de gritar como una histérica.

Mickey tenía cogida a Lucille del pelo mientras ella no dejaba de arrearle puñetazos en los costados, frenética.
Charlie colgó su teléfono móvil e intentó separarlos, pero como no pudo por las buenas le asestó un puñetazo en la cara a Mickey, y éste cayó al suelo, sangrando por el labio.
Cuando Charlie avanzó hacia Mickey me interpuse entre ellos y me encaré con él.

- ¡No se te ocurra volver a pegarle! - le grité- ¡Asqueroso hijo de puta!

Me dio un bofetón y estuve a punto de caer al suelo, pero me apoyé en el coche y le di una patada en la entrepierna.
Charlie se dobló y cayó de rodillas, con las manos entre las piernas, rojo de rabia y dolor.

Un par de camilleros salieron del hospital y le sujetaron cuando se fue a lanzar contra mi, mientras Lucille no dejaba de insultarles y decirles que nadie les había dado vela en éste entierro.

¿Resultado? Los testigos denunciaron en comisaría el maltrato que habían visto hacia mí y hacia Mickey por parte de Lucille y Charlie.
A Lucille la condenaron a seis meses de cárcel, ya que tenía una denuncia previa, y no me quedó más remedio que irme a vivir con Tía Helen.
A Charlie le metieron en prisión porque cuando llegó a comisaría encontraron droga para un regimiento en el maletero de su coche.

De ese modo Mickey y yo pasamos a vivir en el piso alquilado en el que vivía Tía Helen.

Fue un cambio brusco para mi, desde luego, pero vivir con Tía Helen era mucho menos complicado que vivir con Lucille, ya que ella por lo menos se preocupaba por nosotros (siempre y cuando se tomara su medicación).


Ahora, permitidme que me tome la libertad de narrar de forma breve y a la vez concisa los diversos hechos que nos acontecieron a Mickey y a mi durante los que ambos bautizaríamos después como “los dos años de calma”, donde no conocimos dicha mayor que la de poder estar tan cerca de nuestros sueños, la de llegar a sentirnos incluso invencibles.
Y, como quiero llegar cuanto antes al grano y no demorarme demasiado en cosas triviales, únicamente narraré de forma breve lo que ocurrió durante aquéllos dos años, ya que no se precisa de demasiado detalle, pues conseguimos llevar una vida normal y durante aquél relativamente “corto” periodo de tiempo no volvimos a hablar de lo ocurrido aquélla noche en la casa del viejo, aunque no dejamos de utilizar nuestros poderes telepáticos.


Yo comenzé a trabajar en un bar de copas situado en el centro de Nueva Orleans, donde los músicos de Jazz se reunían para tocar los jueves por la noche. Me encantaba trabajar allí, escuchando con una sonrisa en los labios la preciosa melodía de los saxofones cada jueves mientras servía copas.

Gracias a mi sueldo, Mickey comenzó a ir a una academia para jóvenes promesas que querían dedicarse al periodismo, que se encontraba en Magazine Street. Aprendió mucho y pronto los artículos que escribía para el periódico del instituto llamaron la atención de varios caza-talentos del mundo periodístico, que le animaron a continuar con su sueño, que era el de convertirse en un gran periodista. Ganó incluso varios certámenes.
Mickey no podía ser más feliz, y yo alimentaba sus sueños, ya que su felicidad era la mía.

Y por fin me arriesgué a tomar clases de interpretación. A final de mes me quedaba con menos del quince por ciento de mi sueldo para pagar la academia de Mickey y mis clases de interpretación, pero yo estaba pletórica y no me importaba demasiado.
Por suerte, la fortuna también me sonrió a mi, y pronto comencé a actuar en varios teatros. Mickey iba a verme a cada función, y aplaudía con orgullo cuando el público se levantaba de sus asientos para dedicarme un fuerte aplauso, mientras yo no dejaba de hacerles reverencias.

Y una noche le vi, entre el público. No dejaba de mirarme y tuve que improvisar en un par de ocasiones, porque no podía concentrarme en absoluto. Aun así al público le gustó, y cuando la función terminó él se levantó el primero y me dedicó sus aplausos con visible entusiasmo.
Decidí ignorar su mirada atenta y cautivadora y me deshice en halagos y reverencias.

Me cambié y recogí mis cosas para marcharme, como hacía cada noche. Salí por la puerta trasera del teatro después de despedirme de Jerry, el celador.
La puerta trasera daba a un callejón. Comencé a caminar con soltura, con una sonrisa en los labios al tiempo que me acordaba del misterioso desconocido.
Entonces le vi de nuevo, al final del callejón, mirándome.
Su melena cobriza brillaba bajo la luz de la farola en la que estaba apoyado, sacándole reflejos rojos. Sus manos estaban metidas en los bolsillos de su chaqueta de traje de color negro. No alcancé a verle la cara hasta que pasé por su lado con rapidez, convencida de que sería un pirado.
Era él. Estaba segura de que era el hombre que me había cruzado por una de las calles principales del centro hacía poco más de dos años.
Continué andando hasta que me pareció que me hablaba. Entonces me detuve y me giré para mirarle con algo de desconfianza.

- Chèrie - dijo mientras me dedicaba una cálida sonrisa- No he podido evitar el placer de esperaros para daros mi felicitación por la exquisita obra que os he visto interpretar ésta noche.
- Vaya, muchas gracias - sonreí con amabilidad- Siempre es agradable recibir el apoyo del público.
- Sois una actriz fantástica - dijo mientras avanzaba hacia mi y clavaba sus ojos violáceos en los míos- No me extraña que vuestros seguidores dejen ramos de rosas como esos en vuestro camerino - anadió mientras miraba el tremendo ramo que me habían enviado al camerino y que yo portaba bajo el brazo con delicadeza.

Era curiosa su forma de dirigirse hacia mi, tratándome de “vos” y con sumo respeto y devoción.

- Me halaga - evité sonrojarme y ponerme nerviosa ante su mirada atenta- Pero tan sólo me limito a hacer mi trabajo, que es maravillar al público con obras tan asombrosas como Hamlet.
- Jamás he conocido a nadie que interprete a Ofelia de manera tan sorprendente como vos, señorita Lafouret - volvió a sorprenderme con una mirada algo enigmática mientras hacía una inclinación de respeto con la cabeza.
- ¿Cómo sabe mi apellido? - fruncí el ceño, algo extrañada por toda aquélla situación, a sabiendas de que además yo actuaba en aquél teatro bajo un seudónimo-
- Lamento deciros que un servidor se vio obligado a preguntarle al celador por vuestro nombre, Chèrie, ya que no sabía a qué dirección mandaros el ramo de rosas más grande que jamás hayais visto - el joven me hizo una reverencia sin dejar de sonreír de esa manera que me dejaba sin aliento.
- Oh, no debió molestarse, señor…
- Gabriel - me guiñó un ojo.
- Señor Gabriel - asentí mientras sentía como el rubor hacía presa en mi- Me halaga muchísimo que aprecie mi trabajo, pero no es necesario que me envíe un ramo de rosas.
- Me gustaría competir entre los demás aspirantes a vuestra compañía, Mon Chère - soltó una carcajada exquisita- Tal vez para invitaros a cenar o llevaros a dar un paseo en carruaje por la ciudad. Un talento como el vuestro debería ser recompensado.
- No es necesario, de veras - sonreí recatadamente- Agradezco su amabilidad, pero no es necesario. Ahora si me disculpa, debo marcharme.

Volvió a hacerme una reverencia cuando pasé por su lado, y sus ojos violetas ahora parecían azules.
Era un hombre muy apuesto, de rasgos afilados y cara ovalada, de aspecto angelical y mirada enigmática. Su pelo rojizo era largo hasta poco más por debajo de los hombros, y lo llevaba sujeto en la nuca con una cinta negra, con dos mechones lisos cayéndole a cada lado de la cara. Era muy pálido y sus cejas cobrizas contrastaban muy bien con su palidez, y resaltaban el color de sus ojos. Sus labios eran finos y delicados, de una tonalidad casi roja oscura.

Continué caminando hacia la larga avenida, y antes de levantar la mano para pedir un taxi me volví para mirarle.
Me hizo un gesto de despedida con la mano, sonriente. Sonreí e incliné la cabeza ligeramente, dándole así las gracias por sus halagos.

Un taxi paró frente a mi y me subí a toda prisa, algo intimidada por la situación.
Le dije al taxista hacia donde debía ir (a casa de Tía Helen, naturalmente) y suspiré cuando nos alejamos a toda prisa de aquél lugar y recorrimos la avenida.
Me llevé la mano derecha a la boca y comencé a morderme las uñas con nerviosismo, con el ceño fruncido y los ojos fijos en el respaldo del asiento del copiloto.

Cuando llegamos frente al edificio de pisos en el que vivíamos en Magazine Street, pagué a toda prisa al taxista y corrí hacia las escaleras del portal mientras sacaba mis llaves del bolso, intentando no estropear las flores con mis bruscos movimientos.
Abrí la puerta y entré en el recibidor del edificio. Me paré ante los buzones y recogí el correo. Impago. Factura. Otro impago. Más facturas.

Carta de Lionel.
Abrí los ojos como platos.
Lionel era el abogado de la familia desde que mi abuela contrató sus servicios para el divorcio que tuvo con su primer marido, el padre de Lucille y Tía Helen, y por lo tanto, mi abuelo biológico.
Me quedé durante unos instantes mirando el sobre, hasta que por fin lo guardé con el resto del correo para leerlo más tarde, cerré el buzón, y me subí al ascensor.
Quinta planta.

Cuando me acerqué a la puerta del piso y fui a meter la llave pude escuchar como Mickey se paseaba de un lado a otro leyéndole su artículo premiado en el certamen de éste año a Tía Helen.
Sonreí y entré, cerrando con llave de nuevo detrás mía.

Dejé las cosas sobre la mesita de la entrada y fui a dejar el ramo de rosas en uno de los diversos jarrones que había en la cocina, no sin antes echarle abundante agua.
Cuando entré en el salón Mickey me sonrió sin dejar de leer, y Tía Helen me saludó con la mano.

Entré en nuestro dormitorio (el mío y el de Mickey) y cerré la puerta.
A pesar de llevar una vida modesta, tanto mi vida como la de Mickey había cambiado mucho, y ya por lo menos podíamos permitirnos en lujo de tener televisión por cable, por ejemplo.
A sus dieciocho años, Mickey ya trabajaba en un periódico local como becario, cobrando una miseria pero aprendiendo a pasos agigantados, cosa de la que se enorgullecía él y me enorgullecía yo, viéndole como la nueva jóven promesa que acabaría siendo partícipe del New Yorker, o algún periódico parecido.

Estiré los brazos por encima de mi cabeza, mirando hacia el techo, mientras me ponía de puntillas al tiempo que movía el cuello de un lado para el otro para relajarlo.
Y tras éste breve pero intenso ejercicio me arrojé sobre el lecho matrimonial, agotada de un día repleto de ensayos y bullicio.
Tenía los ojos cerrados y me sentía flotar por momentos, algo que me fascinaba, porque cada vez que lo hacía podía verme desde arriba, tumbada, inerte, mientras mi yo interior sobrevolaba la habitación.
Era peligroso hacer eso, lo sabía, pero en aquéllos momentos, cuando lo hacía, lo único que sentía era que cada vez me acercaba más a la perfección y a la despreocupación, a la calma más absoluta.
Pero no dejaba de pensar en el misterioso desconocido.

Voy a entrar.
Era la voz de Mickey en mi cabeza. Oía sus pisadas sobre el suelo de madera a medida que iba avanzando sobre el pasillo.
Voy a entrar, de modo que espero que estés presentable.

Sonreí y le dije que pasara cuando le oí llamar a la puerta.
Me incorporé en la cama y me senté en el borde, expectante.

Mickey se había convertido en un joven extremadamente atractivo, que a su corta edad ya atraía a la mayor parte de las mujeres maduras y jóvenes de la redacción para la que trabajaba de becario, aunque sin embargo nunca le había conocido una novia. Ni una sola, aunque, pensándolo bien, siempre había sido así, y lo raro es que se hubiera puesto a salir con alguna cuando era evidente que su vida era el periodismo de investigación y que vivía para ello.
Sus ojos de color verde esmeralda habían adquirido intensidad en los dos últimos años, y sus facciones eran cada vez más finas, serias y afiladas. Era la viva imagen de alguien que me resultaba familiar, pero no conseguía recordar de quién. Las pecas que durante su adolescencia había conservado sobre la nariz se habían disipado, y ahora tenía el rostro de un adulto, o al menos en gran parte. También se había dejado crecer el pelo. Sus cabellos negros y brillantes caían sobre sus hombros, enmarcando su cara en lo que parecía un estado constante de melancolía interna de la que no lograba deshacerse.
¿A quién demonios me recordaba tanto?

Me fijé en su atuendo. Llevaba una camiseta de manga corta negra y algo ajustada y unos pantalones vaqueros de color azul claro.
La verdad es que a sus dieciocho años el chico no gastaba mal cuerpo en absoluto.

Mientras pensaba en todo esto él sacó de detrás de su espalda (lo había estado ocultando) el sobre de Lionel y lo agitó frente a mi cara, inclinándose ligeramente hacia mi.

Cogí el sobre antes de que pudiera evitarlo y sonreí con picardía mientras el soltaba una maldición entre risas.

¿Qué es eso, Claudia?

- Deja de hacer eso - le miré con severidad, ya que no me gustaba nada su forma deliberada de utilizar aquél poder- Pensaba abrirla luego, después de ponerme un poco más cómoda, pero veo que el señor Cotilla no podía esperar más…
- Parece importante - murmuró Mickey, balanceándose de atrás hacia delante, excitado.
- Lo es - sonreí con nerviosismo- Aunque si creo que es lo que es, estamos bien jodidos.

¿Por qué?

- Para, he dicho - le fulminé con la mirada-
- Lo siento, Clody, a veces no puedo evitarlo, me viene solo - sonrió con picardía- ¿Por qué ibamos a estar bien jodidos?
- Porque las cosas se pondrán MUY feas, te lo garantizo - dije mientras alzaba la mano, esperando a que me dejara el abrecartas que había sobre el escritorio.

Dame el abrecartas.
¿Estás segura de querer hacerlo? ¿No deberíamos esperar?
¿A qué? No vamos a llorar su muerte.
Si las cosas se van a poner feas prefiero llevarme el disgusto mañana.


Nos quedamos durante unos instantes mirandonos fijamente a los ojos antes de que él decidiera pasarme el abrecartas y yo me dispusiera ingenuamente a echarle un ojo a lo que sería… nuestra sentencia de muerte.

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